Percibo sobre mí una sombra borrosa. Mis sentidos están nublados y no me refiero solo a la vista. Los sonidos se escuchan como si estuviera debajo del agua, hay un penetrante olor a sangre y mi cuerpo se ha vuelto insensible. Ya no hay dolor.

La silueta de un hombre examina mi cuerpo, intuyo un daño grave, gravísimo. Siento alivio al descubrir a un doctor intentando ayudar, me mira curioso, como si no supiera por donde comenzar. Me abandono confiando estar en buenas manos.

Hay una sensación rara cuando toma mi brazo izquierdo para examinarlo, lo levanta y pareciera no tener forma, siento un nudo en el estómago al descubrirlo desprendido. Toma mi brazo con firmeza y lo gira, puedo verlo tomar notas en una libreta. Se siente muy extraño cuando sus manos van a mi estómago, siento que remueve mis entrañas. Por instinto quiero protestar pero mi cuerpo no escucha a mi cerebro.

El sentimiento de angustia me invade de manera repentina, intento hablar pero no consigo hacerlo, mi voz se ahoga dentro. Un sudor frío recorre mi cuerpo. Mi mundo se derrumba cuando compruebo que no descanso sobre una cama de hospital, sino sobre una plancha de cemento.

-Llegó otro.
-Ya no hay espacio.
-¿Te lo dejo en el piso?


Hay un silencio por unos segundos

-Ponlo junto a éste.

No puedo levantar la cabeza, pero siento que el hombre va por el sujeto que recién llega.

-¿Es de la misma balacera?
-Parece que sí. Lo llevaban al hospital pero se le cerraron a la ambulancia y le dieron piso ahí mismo.
-¿Y los paramédicos?
-Siendo aténdidos por crisis nerviosa.
-Sale pues, ahorita lo reviso.


Hay silencio, no consigo ver lo que sucede. Unos minutos después percibo movimiento y veo al doctor cargando el cuerpo para ponerlo en la misma plancha en la que estoy. Se retira susurrando un "pendejos" que dada mi condición me tengo que morder el orgullo.

Pasan así varios minutos que parecen una eternidad. Sin un solo ruido mirando el techo de la habitación. Ya memoricé las grietas. Una voz me devuelve de mis pensamientos.

-Eso te pasa por dedo.

Reconozco esa voz. Junto a mi estaba el cuerpo de "la Torta", un narcomenudista de poca monta quien pese a ser de los eslabones más bajos de la cadena me puso en la situación en la que estoy ahora.

-¡Hijo de la chingada! ¡Me jugaste chueco!
-¿Jugar chueco? Yo no era el que andaba de cariñoso con los "azulejos", andabas echando de cabeza a tu gente, no te hagas pendejo.
-¿Mi gente? Ya me traían entre ojos y bien lo sabes, no me salgas con que "mi gente".
-Pues igualito que como le andabas haciendo al "Güero", o ¿me vas a salir con que no?


Me quedo en silencio recapacitando sobre sus palabras. Me da asco pensar en que lo que tenemos en común es el no poder confiar en nadie. El hacer de la traición un modo de vida. El sacrificar la tranquilidad y el sueño por 1,000 dólares al mes.

-¿Que hay de mi familia? -Comento intentando tranquilizarme.
-Pues ve tú a saber, no se toman muy bien lo de las traiciones.
-No seas cabrón, ahí si no me metí con nadie. Eso no se hace.
-¿Y qué quieres que haga? ¡Tu gente me quebró a mí también pendejo!


Una tercera voz estalló en cólera interrumpiendo nuestra discusión.

-¿Se quieren callar la boca? ¡Ya ni chingan! ¡Yo ni la debía ni la temía! ¿Hasta dónde quieren llevar esto?

Apenas hizo una pausa para tomar aire y continuar su reclamo, su voz evidenciaba cólera y miedo. Seguramente era uno de los pobres diablos que se quedaron en el fuego cruzado.

-¡No puede ser! ¡No respetan nada ni a nadie! Ya no les importa si hay civiles, niños, agarran parejo donde sea y cuando sea. Les vale madre si hay alguien en medio...

"La Torta" y yo nos quedamos en silencio, con un sentimiento que si tuviera que clasificarlo sería algo parecido a la vergüenza. De nuevo transcurrieron varios minutos sin que ninguno se atreviera a decir nada.

Un par de horas después, escuchamos fuera de la habitación que venían a reclamar al civil. El médico ingresó nuevamente, hizo lo que pudo para ponerlo presentable pero fracasó, lo subió a una cama con ruedas y se lo llevó.

-¡Váyanse a la mierda! -Despotricó antes de dejar la habitación.

Minutos después un grito desgarrador y un llanto de verdadero dolor llenaron el edificio. Me caló hondo. Hoy lo tengo presente.

"La Torta" y yo nos quedamos en silencio ese día, el día siguiente y el que siguió a ese también. A pesar de los cuidados de los médicos nuestros cuerpos se fueron hinchando. El fétido olor se incrementaba de manera considerable cuando llegaban cuerpos de nuevos residentes. Nos comenzamos a hacer viejos en ese lugar. La desesperación se fue apoderando de ambos y el odio entre nosotros lejos de desaparecer se alimentó durante esos días hasta que terminó por consumir lo que quedaba de nuestra humanidad. Continuamos discutiendo, enlistando las culpas del otro, profiriendo maldiciones y lamentando el no contar con nuestros cuerpos para tomar acción y que actuaran en congruencia con nuestras palabras. Le hubiera arrancado los ojos, lo mataría si no estuviera muerto. Se convirtió en un castigo dantesco el permanecer juntos en ese espacio. Esperaba con ansia el día en que vinieran por mí, o al menos que se lo llevaran a él. Así transcurrieron los días.

Finalmente hubo indicios de que todo terminaría. Desconozco cuánto tiempo pasó, pero supuse el final de la pesadilla cuando nos tomaron fotos para subirlas al sitio web del Semefo para que alguien nos reconociera. Me pareció absurdo dadas las condiciones en que nos dejaron el rostro. "Ajuste de cuentas" fue la versión oficial. Jamás se sabría mi versión. No pude decir a nadie que estaba colaborando con la policía, que intenté dejar atrás esta mala vida. De alguna forma así fue.

Al menos terminaría mi penitencia, ya no tendría que seguir soportando a "la Torta", el hombre que puso fin a mi vida, con el que había pasado mis últimos días y que trascendiendo a la muerte me continuaba atormentando con sus constantes insultos, reclamos y maldiciones. Para mi mala fortuna y al no haber sido reclamados, el médico forense dio instrucciones para que nos depositaran en una fosa común, juntos. Después de todo tuvo razón. Solo fui otro pendejo más.

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El Sol ya no lastima mi piel, dejó de hacerlo hace años. Aunque para algunos pudiera parecer tedioso parte de la mañana se me va contemplando el horizonte desde la playa. Así lo he hecho durante las últimas semanas, desde aquel día en el que deposité un mensaje y la fe en una botella que arrojé al mar. Por días espero una repuesta de vuelta sin embargo ésta no llega.

Ante la incertidumbre y la impotencia me refugio contemplando el mar, pongo todos mis sentidos en él. Con el tiempo lo he llegado a conocer. Me gusta mirarlo, aprendo a escucharle. Ahora valoro éstos momentos y los hago míos. No siempre fue así.

Es curioso, el mar ha estado presente en momentos decisivos en mi vida, momentos en los que me he descubierto. Conocí el miedo cuando niño sobre una pequeña balsa improvisada con troncos. A la mitad de la noche, en medio de la nada. La oscuridad era tal que no era posible distinguir donde terminaba el agua y empezaba el cielo. Recuerdo haber escuchado una voz profunda que me abocó a un ser supremo, a lo eterno, a un dios al que se le teme. Mientras recuerdo ésto un objeto refleja los rayos del Sol devolviéndome de mis pensamientos.

Me pongo en pie y me acerco a la orilla sintiendo la arena caliente bajo mis pies. Se siente bien cuando alcanzo las olas aliviando la sensación de la arena. Doy unos pasos más, el agua llega a mis rodillas, solo tengo que extender mi mano para tomar la botella. Hay un papel enrollado dentro de ella. Tengo una gran expectativa al pensar en lo que puede haber dentro. Antes de que pueda averiguarlo otra botella alcanza mi pierna. Extrañado la tomo, volteo al horizonte y mi estomago se hace un nudo al descubrir decenas de botellas acercándose a mi. De manera repentina la excitación que me provocó encontrar la primera botella se convierte en angustia al descubrir el resto. Me siento rebasado.

Intento tomar el mayor número posible, las arrojo a la playa teniendo cuidado de no confundir la primera. De manera frenética busco alcanzarlas temiendo perder algún mensaje importante. Debo haber juntado unas tres docenas.

Salgo del mar sin saber por donde comenzar. Las muevo lo suficiente para que la marea no se lleve alguna de vuelta y agotado por el esfuerzo me dejo caer alcanzando la primer botella. Aun con la respiración agitada y sintiendo mi sudor salado recorriendo mi frente abro la botella y saco la hoja. Está escrita a mano. Lo que leo me golpea tan fuerte como mi realidad. El mensaje hace referencia a mi condición actual.

El mensaje no resuelve mi situación, pero me devuelve la fe. Me cambia el panorama por completo. Me toma unos minutos reponerme. Digiero el mensaje, le doy vueltas una y otra vez al mensaje original hasta adaptarlo y hacerlo mío. Con desesperación corro por la siguiente botella y la abro, extiendo el papel frente a mi y me dibuja una sonrisa de oreja a oreja. Frenético tomo la siguiente, y la siguiente, los leo todos y río al descubrir cada nuevo mensaje. De alguna forma estando solo establezco un diálogo con alguien más, con docenas de extraños que quizá tampoco sepan de mi, pero me hablan y me dicen demasiado.

Me doy cuenta que no soy el único en ésta situación. Que allá afuera, del otro lado del mar hay cientos de personas intentando comunicarse. Depositando su mensaje en una botella con la esperanza de que llegue a alguien, que encuentre un receptor que sepa apreciar sus palabras, que sepa escuchar.

Paso el resto del día leyendo y releyendo mensajes, completando el ciclo que alguien más inició. Cuando el Sol comienza a ocultarse descanso nuevamente en la arena para contemplar el mar. Me pregunto por esa persona que, desde su isla, recibirá mi botella y hará suyas mis palabras, por aquella persona que completará el ciclo que yo inicié. Es así que me sorprende la noche y mi cansancio me devuelve al sueño, reino donde habitan mis anhelos y mis pesadillas.

_____________________________________________________

Para mi fortuna cuento con éste espacio que es más fácil de difundir que una botella en el mar (apenas un poco). Aún valiéndome de la tecnología se que las probabilidades de que alguien reciba la botella son escasas. Aún recibiendo la botella no todos extraen la hoja, y es todavía más difícil encontrar quien, después de extraer la hoja, sepa recibir el mensaje.

Te doy las gracias por haber recogido mi botella y el mensaje dentro. Este mensaje y el resto de este blog son para ti. Son parte de quien soy yo y son parte de quien eres tú.

Por cierto, el contenido de la primera botella decía: "Náufrago: Si recibiste éste mensaje habrás encontrado tierra, que es mejor que navegar sin rumbo"

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[21] La cama luce tan vacía sin ti. La Luna pretende cobijarme pero no consigue lo que tus manos. Como cada semana vienes a mi con la madrugada del lunes. Apenas unos minutos después de que te dejo de pensar al terminar el domingo.

[20] "Veo gente muerta" Me dijo acongojado y al borde del llanto, apoyando los codos sobre las rodillas, mi amigo el embalsamador.

[19] Era demasiada carga, agotado me detuve en el camino a descansar y esperar a que alguno de los viajeros me ayudara. Los vi pasar, igual que al día y la noche.

[18] Algunas noches escapaba de la tumba para ir a ver su nombre en la placa conmemorativa. Desde que murió era lo único que lo hacía sentir vivo.

[17] Como especie y como individuos siempre hemos sido curiosos. Es así que evolucionamos. Algo así me provocas tú.

[16] Salió al balcón para despejarse y encontrar respuestas. Para su mala fortuna las estrellas a las que consultó solo tenían preguntas.

[15] A falta de pan les dieron circo. Satisfechos los ciudadanos se distraían en el coliseo mientras el Imperio se caía a pedazos.

[14] Lágrimas falsas, silencios hipócritas. Duelo por la inocencia. ¿Qué nos sucedió en el camino?

[13] Contemplando el fondo a la orilla del río encontró dos piedras preciosas. Con ambas manos las tomó. Se incorporó para marcharse no sin antes volver la mirada al río. Se sintió aterrado al no saber lo que estaba dejando ahí.

[12] Terminada su obra miró al cielo con melancolía. Su mensaje encontraría eco en cualquier lugar, pero no en cualquier tiempo.

[11] Manejar cientos de miles de dólares de la compañía para la que laboraba era cosa fácil. Lo que no conseguía era administrar su miserable sueldo.

[10] Se aproximó a la ciudad milenaria. Desconocía que la intención de la muralla no era proteger, sino aislar a la urbe maldita.

[9] La gente murmuraba a su espalda y se preguntaba cómo podía creer en la honestidad del sentimiento de su amada. Para él era claro. A diferencia de los otros a él no le cobraba. Esta vez tenía que ser real.

[8] La estatua en el jardín era a la vez maravillosa y terrible. Como en un trance observaba al niño sonriente y sin vida. Se obsesionó a tal grado que daría todo lo que poseía a cambio de averiguar el contenido de aquel libro de piedra.

[7] Empezaste bebiendo mi sangre. Después te entregué el corazón. ¿Qué más quieres ahora?

[6] Fe de ratas.

[5] Y así sin más, después de años de estancamiento, llegó el día en que todo comenzó a fluir.

[4] Rompió con su pareja sentimental en la comida, así lo decidió para no dar explicaciones sobre el motivo de sus lágrimas. Cuando todo terminó regresó al pantano, el cocodrilo en soledad.

[3] Sucede de vez en vez. Una de ellas asoma y decide arrojarse al vacío, las otras le siguen sin cuestionar. Nosotros le llamamos lluvia.

[2] El autómata no entendía la diferencia entre un ser animado y otro de su condición. ¿Qué tanta diferencia podría hacer el alma?

[1] Empecé a desconfiar de todos y de todo cuando descubrí que nada era real.

[0] "Renovarse o morir". Fue su legado para nosotros. Nos lo dijo en su lecho de muerte. Lo perpetuaron en su epitafio.


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Tres años. Tres años habían pasado desde aquel caluroso día de Julio en el que acepté un trabajo por un sueldo idéntico al que tenía. Para algunos sonará absurdo, sin embargo al trabajar en un colegio llega un momento en el que descubres que no hay hacia donde crecer. Sí, resulta atractivo el gozar las vacaciones del ciclo escolar, pero no deja de ser frustrante el hecho de que la siguiente promoción dependa de la muerte de alguien más. Otros factores a considerar fueron las prestaciones del nuevo empleo y la posibilidad de generar antigüedad en una empresa sólida.

Pese a mis buenas intenciones y mi empeño, el desarrollo que prometía ese nuevo trabajo jamás llegaría. Durante los primeros meses confiaba en que mis resultados traerían la inevitable promoción. Ésta nunca llegó. La crisis de 2009 fue el pretexto perfecto de nuestros superiores para rechazar cualquier solicitud de aumento y realizar recortes masivos. "Agradezcan que tienen trabajo. Hay empresas en las que están recortando los sueldos", eran las palabras que utilizaban y reprimían cualquier intención del trabajador. Pese a esto me mantuve con una actitud optimista, me consideraron para un plan de aceleración de carrera y en cada oportunidad me otorgaban pequeños incrementos. Aunque valoraba su intención distaba mucho de las expectativas que yo tenía.

Con los recortes de personal el trabajo aumentó para los que nos quedamos, no así nuestro sueldo. Mantuve la esperanza de que al terminar el 2009 las cosas mejorarían, la empresa ajustaría la nómina con base en nuestro desempeño y las nuevas responsabilidades. En ese entonces no lo sabía pero me quedaría esperando.

Finalmente mi paciencia se agotó y decidí actuar. Tenía algunas semanas alerta a nuevas propuestas, buscando por mi cuenta, preguntando a propios y extraños. Llegó el día en que obtuve una entrevista muy atractiva tanto en las labores a realizar como en lo económico.

Para mi buena fortuna la cita fue en el centro de la ciudad, relativamente cerca de mi trabajo anterior, la manera óptima para transportarme era el Metro por la cercanía de la estación a mi destino. Inventé un pretexto y salí temprano para evitar contratiempos. Salí con buen ánimo, muy despierto, con los sentidos alerta a todo cuanto ocurría a mi alrededor. Poniendo especial atención al folclore de la Zona Rosa, reflejo de una ciudad cosmopolita. Apreciando la belleza de la mujer mexicana y las extranjeras. Desplazándome entre alebrijes y quimeras hasta llegar a la glorieta de Insurgentes e ingresar al Metro.

Fue atinado el haber tomado precauciones con el horario, tuve que esperar 15 minutos antes de poder abordar un vagón sin tener que aplastar a nadie. De Insurgentes a Salto del Agua, transbordé en dirección a Constitución de 1917 para viajar una estación más hasta San Juan de Letrán. Perdí toda identidad y me mimeticé con un centenar de personas hasta que subí el último peldaño de la escalinata, pude apreciar el cielo y respirar nuevamente aire fresco, tan fresco como es posible en el DF.

El bullicio de los transeúntes, los gritos de los vendedores, los amplificadores anunciado productos piratas u originales robados -porque hay una gran diferencia, cualquier consumidor en su sano juicio prefiere comprar robado que comprar pirata- y un par de vendedores con magna voz intentaron captar mi atención, todos a la vez. Me tomó unos segundos sobreponerme a la locura y orientarme, doblé la primera esquina, me sentí aliviado al huir de todos por República de Uruguay. A medida que me internaba la aglomeración disminuía, la gente se encontraba dispersa por las amplias calles cerradas al tránsito vehícular, teniendo un poco más de consideración y respeto por el espacio vital.

Tenía tiempo de no estar ahí, fascinado admiré las construcciones, los edificios de piedra. Di vuelta en Bolívar, me encontraba a dos o tres cuadras de mi destino. Todo parecía tornarse mono cromático, de vez en vez se apreciaban detalles en plata y carmesí. Decidí que al salir de la entrevista me perdería en esas calles, en mis calles.

Omitiré los detalles de la entrevista, basta decir que me fue bien, bastante bien. El panorama se abrió ante mi, sepulté miedos, edifiqué sueños. Salí con buen ánimo, dispuesto a conocer más esas calles impregnadas de historia.

Entré a la librería Gandhi en la calle Madero, compré el libro "I-Ching: El libro de las mutaciones" de Richard Wilhelm que venía ampliamente recomendado por un buen amigo. Eso también formaba parte de un ciclo en el que las cosas comenzaron a fluir.

La mitad del cielo se tornó gris mientras la otra permitía apreciar el azul fundiéndose con tonos purpúreos y dorados que creaban juegos con las luces de los autos. Compré un café que tomé en la calle, me hubiera gustado compartirlo contigo. Los ambulantes levantaron sus puestos improvisados. Contemplaba a la gente deteniéndome en algunas personas que llamaron mi atención. La chica que lloraba. El vagabundo drogado. La señora vestida con prendas artesanales mexicanas. El oficinista del portafolio cerrando la jornada. Disfruté la diversidad.

Junto con la luz natural el café se agotó. Las farolas escoltaron mis pasos hasta el Zócalo. Recorrí Palacio Nacional por el exterior, igual que la Suprema Corte de Justicia y la catedral. El aire resultaba refrescante. Esperé a que el Sol terminara de ocultarse para abordar el Metro y volver a casa.

Esa tarde de lunes en el centro de la ciudad fue como volver a leer el Principito. Sin importar cuantas veces lo haya leído, cada vez que regreso me doy cuenta que no lo conozco del todo, quizá sea eso lo que me provoca volver a el.

En cuanto a mi México ya lo decía yo...extranjero en mi propia tierra.



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Tengo algunas semanas intentando escribir y simplemente no lo consigo. Es curioso que éste texto sea el resultado de mi incapacidad para hacerlo.

No, no he conseguido plasmar esa historia que se mantiene escondida en algún rincón de mi mente. Escucho voces que me otorgan ideas y me atormenta el no poder hilvanarlas. Frustrado me detengo a mirar atrás. No es la primera vez que sucede. Lo he experimentado de manera recurrente y mientras más atrás me remonto me doy cuenta que ha sido una constante en mi vida. He tenido ideas que no han visto la luz, ilustraciones no concluidas o jamás realizadas, concepciones que no pasaron de ser un boceto escondido en un cuaderno arrumbado. Ahora ocurre con la escritura.

Se habla mucho de "el miedo al papel en blanco" (supongo que lo del papel ha quedado atrás), a dar comienzo a cualquier proyecto, a que el autor se enfrente a iniciar lo que sea. Mucha razón hay en esto, no siempre es fácil. Sin embargo en mi caso hay algo que resulta aún más destructivo, algo sucede en el camino y me enfrento a mi mayor obstáculo, el miedo a no quedar satisfecho. ¿Es esto parte del proceso creativo? Si respondiera de manera apresurada diría que sí, después de todo "el crítico más duro es uno mismo", ¿o no?

Al detenerme a reflexionar la respuesta encuentro otra alternativa, y es que no es algo exclusivo de alguna expresión del arte, me doy cuenta que se traslapa a muchas experiencias de vida, a mi relación con los demás. ¿Será que no es una cuestión del proceso creativo sino algo inherente al carácter?

Mientras escribo la entrada me doy cuenta que, en mi caso, el realizar un dibujo, escribir un relato o dar comienzo a una nueva relación tienen un elemento en común: el miedo al fracaso.

Con mi corta experiencia y aunado a esa característica propia del ser humano de cometer el mismo error infinidad de veces, me doy cuenta que concentro la mirada en la meta u objetivo y es así que descuido el camino.

En la semana leí un artículo sobre el proceso creativo al escribir, el autor proporcionaba una fórmula para desarrollar un texto. Aunque dedicaba un párrafo brindando detalle sobre cada una de los puntos de ésta fórmula me limitaré a señalarlos. Son los siguientes:

1) Preparar la tierra
2) Sembrar
3) Dar el cuidado necesario para que madure
4) Cosechar

Según el autor lo anterior aplica a cualquier escrito. Parece obvio ¿no es así? No siempre lo es. Cuando queremos algo lo primero que viene a la mente o deseamos es cosechar, siendo que esto será el resultado de llevar a buen puerto las etapas anteriores. Después de reflexionarlo para ponerlo en práctica me doy cuenta que es aplicable a cualquier ilustración, actividad, disciplina o relación, sin ir más lejos, para todo lo que contiene la vida misma.

He pasado tanto tiempo preocupado por la meta y por los objetivos que debo reconocer que no he puesto el suficiente empeño o he ignorado por completo alguna(s) de esas etapas sin darme cuenta que es en ellas en dónde se encuentra el goce y lo que en verdad hace valiosas las cosas. Es el miedo al fracaso, a no cosechar u obtener un mal fruto lo que distrae mi atención del resto de las etapas. Mi temor no está en el inicio de las cosas, está en su fin.

Es difícil desprenderse de viejos hábitos, sean buenos o malos suelen ser los que tienen raíces más sólidas, pero es posible. Me dispongo a preparar la tierra, a renunciar al miedo y disfrutar el camino, a alimentar mi mente, a llamarle a ella.

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Trabajo en progreso.

La música del televisor la despertó. Se encontraba en ese peculiar estado de vigilia en donde los sentidos no despiertan del todo y es difícil distinguir lo real de lo onírico. Esa noche, igual que otras tantas, se sentó en el sofá de la sala para despejarse de las actividades diarias. A los pocos minutos el cansancio y el sueño terminaron por vencerla. Despertó al terminar la película, justo al descender los créditos. Por la hora a la que comenzó calculó que serían las dos de la mañana.

Andrea permaneció recostada para ubicarse, a la película le sucedieron infomerciales. Se sentó para flexionar los brazos sobre la cabeza, miró al balcón y por la copa de los árboles percibió un viento moderado. Apoyó la cabeza sobre el hombro, bostezó y la mantuvo así un instante. Se puso en pie y con pies descalzos se acercó hasta el televisor para apagarlo, evitaba el uso del control remoto. La luz que emanaba del televisor daba tonos azules sobre su ropa interior blanca y sobre su piel. Era una mujer de figura atractiva y discreta, porte y estilo inherentes en ella.

Llevó su mano al cuello y se acercó a la ventana, el cristal estaba helado, salió al balcón, desde ese tercer piso miró a la calle una vez más y vio pasar un par de autos. No le importó salir en ropa interior, por la hora dudaba que alguien pudiera verle, además de que consideraba al balcón una extensión de su dominio. Miró la luna y las luces del alumbrado público. Necesitaba conciliar el sueño, las pastillas ya no cumplían su objetivo. Nada era igual desde que él había muerto.

Decidió tomar un baño caliente para relajar el cuerpo y con suerte emular la sensación de sueño. Mantuvo la luz apagada, retiró de su cuerpo las dos prendas que le cubrían y se introdujo bajo el tibio chorro de agua. No se demoró, a pesar de no tener sueño quería acostarse para intentar dormir. Se puso la parte inferior del bikini y se metió a la cama.

No lo conseguía, aunque por momentos dormitaba después de casi una hora permanecía despierta. Las cosas empeoraron. Poco después de las tres de la mañana las cortinas comenzaron a moverse de manera violenta, el viento golpeó la ventana helando su espíritu.

Le escuchaba silbar, era un fenómeno como nunca antes había escuchado, anticipaba tormenta. Alcanzaba todo cuanto existe, se desplazaba por las calles, sobre el pavimento arrastrando lo que encontrara a su paso. Resultaba terrible el sonido de las hojas secas danzando sobre el asfalto. No menos violento era el movimiento de las copas de los árboles, la similitud que tenía con la marea estrellándose en los arrecifes era perturbadora. Las sensaciones al oído resultaban aun más terribles que la oscuridad de la noche que la cobijaba.

Andrea llevó una mano a la entrepierna y se encogió bajo las sabanas. Estaba inquieta, su corazón latía con tal intensidad que parecía que se le saldría del pecho. En el ambiente percibía una presencia casi tangible. El miedo la asaltó de manera repentina. Volteó sobre el hombro para comprobar que no había nadie detrás de ella, se recostó nuevamente sobre su brazo derecho y clavó su mirada en la ventana. El viento se mantuvo con esa intensidad varios minutos, a Andrea le parecieron una eternidad. Cuando hubo silencio al fin se sintió aun más nerviosa, la calma resultaba incómoda.

Retiró las cobijas despacio y se levantó de la cama. Su piel se erizó reaccionando al frío del ambiente, una sensación similar nació en la nuca y descendió por la espalda. Se acercó a la ventana despacio, un pie delante del otro, con cautela desplazó la cortina con una de las manos para mirar por la ventana. Su corazón palpitó con fuerza, su estomago se hizo un nudo, sus ojos se desorbitaron y creyó enloquecer. El rostro desencajado de su amado le miraba pegado al otro lado del vidrio con una mueca torcida y perversa que intentaba ser sonrisa.

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[Memoria]
En la comodidad de su sala sonrió, había olvidado que tenía recuerdos muy hermosos.

[Renovación]
A su espalda los ingenieros murmuraban, no se explicaban por qué el arquitecto reía histérico al ver sus construcciones derrumbándose una a una.

[Cita]
-¿Cuánto ganas?
Conteniendo las lágrimas la miró y esbozó media sonrisa, recordó una época feliz donde las chicas que tenían interés en él preguntaban por la música que le gustaba.

[Analfabeto]
A pesar de los esfuerzos de sus padres y maestros por educarle, le tomó 30 años empezar a escribir.

[Esperanza]
Le dolía el estomago de tanto reír, le llamaron loco. Se guardó para si el que fuera una darketa la que devolvió luz a su vida.

[Duda]
Esa noche se preguntó si había alguien que se preocupara por el vagabundo. Se revolvió en sus sábanas. Pasó toda la noche en vela buscando una respuesta.

[Consuelo]
Se sentó en la arena con el corazón roto, intentando llamar su atención el mar tocaba sus pies una y otra vez. Ella no lo supo ver.

[Viento]
Encontró la ventana abierta, sin pedir permiso entró a su habitación y la colmó de caricias hasta el amanecer. El viento sonrió y prometió volver.

[Miedo]
¿Y si te lo contara todo?

[Ser]
Apuró su trago, tomó el arma y de un balazo a la cabeza terminó su vida. En el monitor permanecía el mensaje "El usuario ya existe"

[Amistad]
Llorando se desahogó en su hombro, le contó sobre el chico al que creía su amigo y que quería andar con ella. Él escuchó atento y se mordió el corazón.

[Promoción]
Por fin después de 3 años recibió su promoción. No solo aumentó su sueldo, también se volvió más atractivo y agradable a los demás.

[Cabo suelto]
El sicario no podía permitir que su cómplice terminara preso, que por un error alguien lo echara de cabeza. Se vio obligado a decapitarlo.

[Brisa]
Con pies descalzos siguió esa voz que lo guió hasta llevarlo a las entrañas del bosque. Se apoyó en un árbol y en silencio esperó por ella. A lo lejos silbó con suavidad, se acercó sigilosa hasta alcanzar su cuello. Recorrió su cuerpo y le susurró al oído que era suyo para siempre.

[Remedio]
Una tragedia. Con el cuerpo hecho jirones a sus pies no sabían cómo decírselo a la familia. Ojala alguien le hubiera explicado que cuando le pidieron el diente de león para tratar su cirrosis se referían a la flor silvestre.

[Discreción]
En su afán por cerrar el trato el vendedor de autos no sospechó nada. No lo hizo cuando pagué en efectivo ni cuando pregunté cuántos cuerpos cabían en la cajuela.

[Decepción]
Al pagar pregunté a la chica de la caja si junto con los dos libros me podía vender un poco de tiempo libre para leerlos. Ella sonrió, mirándome a los ojos tomó una tarjeta, escribió en ella y me la dio. Me detuve una cuadra después para revisar, era su número telefónico.

[Perdurable]
El sabor a tierra de Costa Rica se enquistó detrás de su garganta. A diferencia de la amargura de ese grano el recuerdo no se iría con agua.

[Musa]
Pregunté qué quería de mi, sus manos tomaron las mías y me hizo crear seres a los que ella otorgó vida solo con tocarlos.

[Senda]
La arcilla bajo mis pies, gélida brisa de invierno, hojas secas suspendidas en el tiempo, descendiendo lentamente dando forma a mi camino.

[Noticia]
Los números estaban consternados, no lo creían pero la primera plana era muy clara "Matan a dos en Sinaloa".


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Creando un hábito


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