[21] La cama luce tan vacía sin ti. La Luna pretende cobijarme pero no consigue lo que tus manos. Como cada semana vienes a mi con la madrugada del lunes. Apenas unos minutos después de que te dejo de pensar al terminar el domingo.

[20] "Veo gente muerta" Me dijo acongojado y al borde del llanto, apoyando los codos sobre las rodillas, mi amigo el embalsamador.

[19] Era demasiada carga, agotado me detuve en el camino a descansar y esperar a que alguno de los viajeros me ayudara. Los vi pasar, igual que al día y la noche.

[18] Algunas noches escapaba de la tumba para ir a ver su nombre en la placa conmemorativa. Desde que murió era lo único que lo hacía sentir vivo.

[17] Como especie y como individuos siempre hemos sido curiosos. Es así que evolucionamos. Algo así me provocas tú.

[16] Salió al balcón para despejarse y encontrar respuestas. Para su mala fortuna las estrellas a las que consultó solo tenían preguntas.

[15] A falta de pan les dieron circo. Satisfechos los ciudadanos se distraían en el coliseo mientras el Imperio se caía a pedazos.

[14] Lágrimas falsas, silencios hipócritas. Duelo por la inocencia. ¿Qué nos sucedió en el camino?

[13] Contemplando el fondo a la orilla del río encontró dos piedras preciosas. Con ambas manos las tomó. Se incorporó para marcharse no sin antes volver la mirada al río. Se sintió aterrado al no saber lo que estaba dejando ahí.

[12] Terminada su obra miró al cielo con melancolía. Su mensaje encontraría eco en cualquier lugar, pero no en cualquier tiempo.

[11] Manejar cientos de miles de dólares de la compañía para la que laboraba era cosa fácil. Lo que no conseguía era administrar su miserable sueldo.

[10] Se aproximó a la ciudad milenaria. Desconocía que la intención de la muralla no era proteger, sino aislar a la urbe maldita.

[9] La gente murmuraba a su espalda y se preguntaba cómo podía creer en la honestidad del sentimiento de su amada. Para él era claro. A diferencia de los otros a él no le cobraba. Esta vez tenía que ser real.

[8] La estatua en el jardín era a la vez maravillosa y terrible. Como en un trance observaba al niño sonriente y sin vida. Se obsesionó a tal grado que daría todo lo que poseía a cambio de averiguar el contenido de aquel libro de piedra.

[7] Empezaste bebiendo mi sangre. Después te entregué el corazón. ¿Qué más quieres ahora?

[6] Fe de ratas.

[5] Y así sin más, después de años de estancamiento, llegó el día en que todo comenzó a fluir.

[4] Rompió con su pareja sentimental en la comida, así lo decidió para no dar explicaciones sobre el motivo de sus lágrimas. Cuando todo terminó regresó al pantano, el cocodrilo en soledad.

[3] Sucede de vez en vez. Una de ellas asoma y decide arrojarse al vacío, las otras le siguen sin cuestionar. Nosotros le llamamos lluvia.

[2] El autómata no entendía la diferencia entre un ser animado y otro de su condición. ¿Qué tanta diferencia podría hacer el alma?

[1] Empecé a desconfiar de todos y de todo cuando descubrí que nada era real.

[0] "Renovarse o morir". Fue su legado para nosotros. Nos lo dijo en su lecho de muerte. Lo perpetuaron en su epitafio.


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21 recortes


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Tres años. Tres años habían pasado desde aquel caluroso día de Julio en el que acepté un trabajo por un sueldo idéntico al que tenía. Para algunos sonará absurdo, sin embargo al trabajar en un colegio llega un momento en el que descubres que no hay hacia donde crecer. Sí, resulta atractivo el gozar las vacaciones del ciclo escolar, pero no deja de ser frustrante el hecho de que la siguiente promoción dependa de la muerte de alguien más. Otros factores a considerar fueron las prestaciones del nuevo empleo y la posibilidad de generar antigüedad en una empresa sólida.

Pese a mis buenas intenciones y mi empeño, el desarrollo que prometía ese nuevo trabajo jamás llegaría. Durante los primeros meses confiaba en que mis resultados traerían la inevitable promoción. Ésta nunca llegó. La crisis de 2009 fue el pretexto perfecto de nuestros superiores para rechazar cualquier solicitud de aumento y realizar recortes masivos. "Agradezcan que tienen trabajo. Hay empresas en las que están recortando los sueldos", eran las palabras que utilizaban y reprimían cualquier intención del trabajador. Pese a esto me mantuve con una actitud optimista, me consideraron para un plan de aceleración de carrera y en cada oportunidad me otorgaban pequeños incrementos. Aunque valoraba su intención distaba mucho de las expectativas que yo tenía.

Con los recortes de personal el trabajo aumentó para los que nos quedamos, no así nuestro sueldo. Mantuve la esperanza de que al terminar el 2009 las cosas mejorarían, la empresa ajustaría la nómina con base en nuestro desempeño y las nuevas responsabilidades. En ese entonces no lo sabía pero me quedaría esperando.

Finalmente mi paciencia se agotó y decidí actuar. Tenía algunas semanas alerta a nuevas propuestas, buscando por mi cuenta, preguntando a propios y extraños. Llegó el día en que obtuve una entrevista muy atractiva tanto en las labores a realizar como en lo económico.

Para mi buena fortuna la cita fue en el centro de la ciudad, relativamente cerca de mi trabajo anterior, la manera óptima para transportarme era el Metro por la cercanía de la estación a mi destino. Inventé un pretexto y salí temprano para evitar contratiempos. Salí con buen ánimo, muy despierto, con los sentidos alerta a todo cuanto ocurría a mi alrededor. Poniendo especial atención al folclore de la Zona Rosa, reflejo de una ciudad cosmopolita. Apreciando la belleza de la mujer mexicana y las extranjeras. Desplazándome entre alebrijes y quimeras hasta llegar a la glorieta de Insurgentes e ingresar al Metro.

Fue atinado el haber tomado precauciones con el horario, tuve que esperar 15 minutos antes de poder abordar un vagón sin tener que aplastar a nadie. De Insurgentes a Salto del Agua, transbordé en dirección a Constitución de 1917 para viajar una estación más hasta San Juan de Letrán. Perdí toda identidad y me mimeticé con un centenar de personas hasta que subí el último peldaño de la escalinata, pude apreciar el cielo y respirar nuevamente aire fresco, tan fresco como es posible en el DF.

El bullicio de los transeúntes, los gritos de los vendedores, los amplificadores anunciado productos piratas u originales robados -porque hay una gran diferencia, cualquier consumidor en su sano juicio prefiere comprar robado que comprar pirata- y un par de vendedores con magna voz intentaron captar mi atención, todos a la vez. Me tomó unos segundos sobreponerme a la locura y orientarme, doblé la primera esquina, me sentí aliviado al huir de todos por República de Uruguay. A medida que me internaba la aglomeración disminuía, la gente se encontraba dispersa por las amplias calles cerradas al tránsito vehícular, teniendo un poco más de consideración y respeto por el espacio vital.

Tenía tiempo de no estar ahí, fascinado admiré las construcciones, los edificios de piedra. Di vuelta en Bolívar, me encontraba a dos o tres cuadras de mi destino. Todo parecía tornarse mono cromático, de vez en vez se apreciaban detalles en plata y carmesí. Decidí que al salir de la entrevista me perdería en esas calles, en mis calles.

Omitiré los detalles de la entrevista, basta decir que me fue bien, bastante bien. El panorama se abrió ante mi, sepulté miedos, edifiqué sueños. Salí con buen ánimo, dispuesto a conocer más esas calles impregnadas de historia.

Entré a la librería Gandhi en la calle Madero, compré el libro "I-Ching: El libro de las mutaciones" de Richard Wilhelm que venía ampliamente recomendado por un buen amigo. Eso también formaba parte de un ciclo en el que las cosas comenzaron a fluir.

La mitad del cielo se tornó gris mientras la otra permitía apreciar el azul fundiéndose con tonos purpúreos y dorados que creaban juegos con las luces de los autos. Compré un café que tomé en la calle, me hubiera gustado compartirlo contigo. Los ambulantes levantaron sus puestos improvisados. Contemplaba a la gente deteniéndome en algunas personas que llamaron mi atención. La chica que lloraba. El vagabundo drogado. La señora vestida con prendas artesanales mexicanas. El oficinista del portafolio cerrando la jornada. Disfruté la diversidad.

Junto con la luz natural el café se agotó. Las farolas escoltaron mis pasos hasta el Zócalo. Recorrí Palacio Nacional por el exterior, igual que la Suprema Corte de Justicia y la catedral. El aire resultaba refrescante. Esperé a que el Sol terminara de ocultarse para abordar el Metro y volver a casa.

Esa tarde de lunes en el centro de la ciudad fue como volver a leer el Principito. Sin importar cuantas veces lo haya leído, cada vez que regreso me doy cuenta que no lo conozco del todo, quizá sea eso lo que me provoca volver a el.

En cuanto a mi México ya lo decía yo...extranjero en mi propia tierra.



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Tengo algunas semanas intentando escribir y simplemente no lo consigo. Es curioso que éste texto sea el resultado de mi incapacidad para hacerlo.

No, no he conseguido plasmar esa historia que se mantiene escondida en algún rincón de mi mente. Escucho voces que me otorgan ideas y me atormenta el no poder hilvanarlas. Frustrado me detengo a mirar atrás. No es la primera vez que sucede. Lo he experimentado de manera recurrente y mientras más atrás me remonto me doy cuenta que ha sido una constante en mi vida. He tenido ideas que no han visto la luz, ilustraciones no concluidas o jamás realizadas, concepciones que no pasaron de ser un boceto escondido en un cuaderno arrumbado. Ahora ocurre con la escritura.

Se habla mucho de "el miedo al papel en blanco" (supongo que lo del papel ha quedado atrás), a dar comienzo a cualquier proyecto, a que el autor se enfrente a iniciar lo que sea. Mucha razón hay en esto, no siempre es fácil. Sin embargo en mi caso hay algo que resulta aún más destructivo, algo sucede en el camino y me enfrento a mi mayor obstáculo, el miedo a no quedar satisfecho. ¿Es esto parte del proceso creativo? Si respondiera de manera apresurada diría que sí, después de todo "el crítico más duro es uno mismo", ¿o no?

Al detenerme a reflexionar la respuesta encuentro otra alternativa, y es que no es algo exclusivo de alguna expresión del arte, me doy cuenta que se traslapa a muchas experiencias de vida, a mi relación con los demás. ¿Será que no es una cuestión del proceso creativo sino algo inherente al carácter?

Mientras escribo la entrada me doy cuenta que, en mi caso, el realizar un dibujo, escribir un relato o dar comienzo a una nueva relación tienen un elemento en común: el miedo al fracaso.

Con mi corta experiencia y aunado a esa característica propia del ser humano de cometer el mismo error infinidad de veces, me doy cuenta que concentro la mirada en la meta u objetivo y es así que descuido el camino.

En la semana leí un artículo sobre el proceso creativo al escribir, el autor proporcionaba una fórmula para desarrollar un texto. Aunque dedicaba un párrafo brindando detalle sobre cada una de los puntos de ésta fórmula me limitaré a señalarlos. Son los siguientes:

1) Preparar la tierra
2) Sembrar
3) Dar el cuidado necesario para que madure
4) Cosechar

Según el autor lo anterior aplica a cualquier escrito. Parece obvio ¿no es así? No siempre lo es. Cuando queremos algo lo primero que viene a la mente o deseamos es cosechar, siendo que esto será el resultado de llevar a buen puerto las etapas anteriores. Después de reflexionarlo para ponerlo en práctica me doy cuenta que es aplicable a cualquier ilustración, actividad, disciplina o relación, sin ir más lejos, para todo lo que contiene la vida misma.

He pasado tanto tiempo preocupado por la meta y por los objetivos que debo reconocer que no he puesto el suficiente empeño o he ignorado por completo alguna(s) de esas etapas sin darme cuenta que es en ellas en dónde se encuentra el goce y lo que en verdad hace valiosas las cosas. Es el miedo al fracaso, a no cosechar u obtener un mal fruto lo que distrae mi atención del resto de las etapas. Mi temor no está en el inicio de las cosas, está en su fin.

Es difícil desprenderse de viejos hábitos, sean buenos o malos suelen ser los que tienen raíces más sólidas, pero es posible. Me dispongo a preparar la tierra, a renunciar al miedo y disfrutar el camino, a alimentar mi mente, a llamarle a ella.

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Trabajo en progreso.

La música del televisor la despertó. Se encontraba en ese peculiar estado de vigilia en donde los sentidos no despiertan del todo y es difícil distinguir lo real de lo onírico. Esa noche, igual que otras tantas, se sentó en el sofá de la sala para despejarse de las actividades diarias. A los pocos minutos el cansancio y el sueño terminaron por vencerla. Despertó al terminar la película, justo al descender los créditos. Por la hora a la que comenzó calculó que serían las dos de la mañana.

Andrea permaneció recostada para ubicarse, a la película le sucedieron infomerciales. Se sentó para flexionar los brazos sobre la cabeza, miró al balcón y por la copa de los árboles percibió un viento moderado. Apoyó la cabeza sobre el hombro, bostezó y la mantuvo así un instante. Se puso en pie y con pies descalzos se acercó hasta el televisor para apagarlo, evitaba el uso del control remoto. La luz que emanaba del televisor daba tonos azules sobre su ropa interior blanca y sobre su piel. Era una mujer de figura atractiva y discreta, porte y estilo inherentes en ella.

Llevó su mano al cuello y se acercó a la ventana, el cristal estaba helado, salió al balcón, desde ese tercer piso miró a la calle una vez más y vio pasar un par de autos. No le importó salir en ropa interior, por la hora dudaba que alguien pudiera verle, además de que consideraba al balcón una extensión de su dominio. Miró la luna y las luces del alumbrado público. Necesitaba conciliar el sueño, las pastillas ya no cumplían su objetivo. Nada era igual desde que él había muerto.

Decidió tomar un baño caliente para relajar el cuerpo y con suerte emular la sensación de sueño. Mantuvo la luz apagada, retiró de su cuerpo las dos prendas que le cubrían y se introdujo bajo el tibio chorro de agua. No se demoró, a pesar de no tener sueño quería acostarse para intentar dormir. Se puso la parte inferior del bikini y se metió a la cama.

No lo conseguía, aunque por momentos dormitaba después de casi una hora permanecía despierta. Las cosas empeoraron. Poco después de las tres de la mañana las cortinas comenzaron a moverse de manera violenta, el viento golpeó la ventana helando su espíritu.

Le escuchaba silbar, era un fenómeno como nunca antes había escuchado, anticipaba tormenta. Alcanzaba todo cuanto existe, se desplazaba por las calles, sobre el pavimento arrastrando lo que encontrara a su paso. Resultaba terrible el sonido de las hojas secas danzando sobre el asfalto. No menos violento era el movimiento de las copas de los árboles, la similitud que tenía con la marea estrellándose en los arrecifes era perturbadora. Las sensaciones al oído resultaban aun más terribles que la oscuridad de la noche que la cobijaba.

Andrea llevó una mano a la entrepierna y se encogió bajo las sabanas. Estaba inquieta, su corazón latía con tal intensidad que parecía que se le saldría del pecho. En el ambiente percibía una presencia casi tangible. El miedo la asaltó de manera repentina. Volteó sobre el hombro para comprobar que no había nadie detrás de ella, se recostó nuevamente sobre su brazo derecho y clavó su mirada en la ventana. El viento se mantuvo con esa intensidad varios minutos, a Andrea le parecieron una eternidad. Cuando hubo silencio al fin se sintió aun más nerviosa, la calma resultaba incómoda.

Retiró las cobijas despacio y se levantó de la cama. Su piel se erizó reaccionando al frío del ambiente, una sensación similar nació en la nuca y descendió por la espalda. Se acercó a la ventana despacio, un pie delante del otro, con cautela desplazó la cortina con una de las manos para mirar por la ventana. Su corazón palpitó con fuerza, su estomago se hizo un nudo, sus ojos se desorbitaron y creyó enloquecer. El rostro desencajado de su amado le miraba pegado al otro lado del vidrio con una mueca torcida y perversa que intentaba ser sonrisa.

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[Memoria]
En la comodidad de su sala sonrió, había olvidado que tenía recuerdos muy hermosos.

[Renovación]
A su espalda los ingenieros murmuraban, no se explicaban por qué el arquitecto reía histérico al ver sus construcciones derrumbándose una a una.

[Cita]
-¿Cuánto ganas?
Conteniendo las lágrimas la miró y esbozó media sonrisa, recordó una época feliz donde las chicas que tenían interés en él preguntaban por la música que le gustaba.

[Analfabeto]
A pesar de los esfuerzos de sus padres y maestros por educarle, le tomó 30 años empezar a escribir.

[Esperanza]
Le dolía el estomago de tanto reír, le llamaron loco. Se guardó para si el que fuera una darketa la que devolvió luz a su vida.

[Duda]
Esa noche se preguntó si había alguien que se preocupara por el vagabundo. Se revolvió en sus sábanas. Pasó toda la noche en vela buscando una respuesta.

[Consuelo]
Se sentó en la arena con el corazón roto, intentando llamar su atención el mar tocaba sus pies una y otra vez. Ella no lo supo ver.

[Viento]
Encontró la ventana abierta, sin pedir permiso entró a su habitación y la colmó de caricias hasta el amanecer. El viento sonrió y prometió volver.

[Miedo]
¿Y si te lo contara todo?

[Ser]
Apuró su trago, tomó el arma y de un balazo a la cabeza terminó su vida. En el monitor permanecía el mensaje "El usuario ya existe"

[Amistad]
Llorando se desahogó en su hombro, le contó sobre el chico al que creía su amigo y que quería andar con ella. Él escuchó atento y se mordió el corazón.

[Promoción]
Por fin después de 3 años recibió su promoción. No solo aumentó su sueldo, también se volvió más atractivo y agradable a los demás.

[Cabo suelto]
El sicario no podía permitir que su cómplice terminara preso, que por un error alguien lo echara de cabeza. Se vio obligado a decapitarlo.

[Brisa]
Con pies descalzos siguió esa voz que lo guió hasta llevarlo a las entrañas del bosque. Se apoyó en un árbol y en silencio esperó por ella. A lo lejos silbó con suavidad, se acercó sigilosa hasta alcanzar su cuello. Recorrió su cuerpo y le susurró al oído que era suyo para siempre.

[Remedio]
Una tragedia. Con el cuerpo hecho jirones a sus pies no sabían cómo decírselo a la familia. Ojala alguien le hubiera explicado que cuando le pidieron el diente de león para tratar su cirrosis se referían a la flor silvestre.

[Discreción]
En su afán por cerrar el trato el vendedor de autos no sospechó nada. No lo hizo cuando pagué en efectivo ni cuando pregunté cuántos cuerpos cabían en la cajuela.

[Decepción]
Al pagar pregunté a la chica de la caja si junto con los dos libros me podía vender un poco de tiempo libre para leerlos. Ella sonrió, mirándome a los ojos tomó una tarjeta, escribió en ella y me la dio. Me detuve una cuadra después para revisar, era su número telefónico.

[Perdurable]
El sabor a tierra de Costa Rica se enquistó detrás de su garganta. A diferencia de la amargura de ese grano el recuerdo no se iría con agua.

[Musa]
Pregunté qué quería de mi, sus manos tomaron las mías y me hizo crear seres a los que ella otorgó vida solo con tocarlos.

[Senda]
La arcilla bajo mis pies, gélida brisa de invierno, hojas secas suspendidas en el tiempo, descendiendo lentamente dando forma a mi camino.

[Noticia]
Los números estaban consternados, no lo creían pero la primera plana era muy clara "Matan a dos en Sinaloa".


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Con reservas acepté la invitación, tenía pocos días en la ciudad y no tenía ánimo para socializar, sin embargo me sentí comprometido con mis anfitriones quienes en su afán por ser hospitalarios se valieron de una tenacidad asfixiante.

La organización era impecable. Etiqueta, bebida y canapés me hicieron sentir como un intruso. De manera repentina y sin aviso el salón quedó a media luz apelando a la atención de los presentes, un reducido número siguió conversando pero fueron silenciados por música electrónica que llenó el lugar. En la tarima central apareció de entre las cortinas una mujer de escultural figura que a todos robó el aliento.

Al verla salir pude apreciar esa media sonrisa, la chica anticipaba su influencia en el ánimo de los presentes. Nos miraba a todos y a ninguno. En ese caminar altivo me pareció que tenía control total de su cuerpo. El movimiento de sus brazos formaba parte de una danza, la cadera se pronunciaba al pasear sobre la tarima con una cadencia inherente a su naturaleza. Presumía un abdomen trabajado, musculoso sin dejar de ser femenino. Piernas largas y muslos gruesos. Se permitía escalas calculadas para darnos una mejor vista, alternaba el ligero peso del cuerpo en cada pierna. Tenía pleno control sobre las pausas y parecía manipular el tiempo. Su control no se limitaba a ella, se extendía hasta los ojos de los presentes. Podía dirigir las miradas de los demás a dónde ella lo quisiera, daba instrucciones con sus ojos, con su sonrisa, con una mano sobre la cadera o pronunciando distintas partes del cuerpo.

Antes de retirarse dio media vuelta como para constatar que estuviéramos al pendiente de ella, regaló una última sonrisa y dio la espalda para desaparecer detrás de las cortinas. Su presencia duró apenas unos segundos que permanecieron congelados en el tiempo. Permanecía sobre la tarima sin estar ahí.

A ella le siguieron otras siete chicas, cada una más hermosa que la anterior, eso comentaron mis anfitriones pero no estuve de acuerdo. Veinte minutos después el escenario fue abandonado por la última participante. Música lounge acompañaba las conversaciones y el intercambio de opiniones mientras los jueces evaluaban y tomaban su decisión. Mi atención no estaba en mi interlocutor sino en la música. Mi pensamiento con ella. Intentaban adivinar lo que sucedía detrás de las cortinas. Solo podía imaginarlo mientras mis ojos se mantenían pendientes y a la espera de que apareciera de nuevo.

Minutos después la voz del presentador nos recordó la marca de ropa interior femenina que hacía posible el evento, invitó a estar pendientes del catálogo y de su línea para esa temporada, entonces pidió a las chicas que salieran para anunciar a las ganadoras.

Las muchachas recorrieron la extensa tarima una vez más, un recorrido breve y sin la exclusividad que tuvieron en la ronda anterior. Una detrás de la otra y en idéntico orden en el que se presentaron. Siguiendo su número nos regalaron la mejor sonrisa. Todo se convirtió en apariencias, reflejaban una falsa seguridad. Decretaron ganadoras para el tercer y segundo lugar, detrás de su aparente felicidad la hipocresía y la envidia.

Frente a trescientas personas permanecía la nueva reina y cinco perdedoras. Busqué la mirada de la de la izquierda. Ella quería verse con la corona, yo solo quería verla feliz. Finalmente el anuncio.

Nadie puso atención en el desencanto encarnado en mujer, en dos luceros hermosos derrotados, en el dolor de los pies calzando zapatillas que contrastaban con las diminutas prendas ceñidas al cuerpo. Una lluvia de confetti celebraba su derrota. De manera casi instantánea se protegió del mundo con una sonrisa de concurso.

De no haber estado distraidos con la ganadora, la gente lo habría notado.

José Francisco Dávila



La octava.

Ahora que es el fin
y ya todos las vieron
de perfil y de frente
in pectore y al dorso
en tules y de largo
no pueden caber dudas
la reina es la más linda

ah si/ pero la octava
la octava de la izquierda
tampoco caben dudas
ésa es la cautivante
sus dos centímetros de menos
sus seis centímetros de más
como decía el viejo nietzsche
la hacen humana
demasiado humana

la reina es la más linda
pero la octava de la izquierda
es la más seductora

quién podrá resistirse
a sus labios en pena
sus ojos de vencida
su tristeza en bikini.


Mario Benedetti




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Este es el resultado de mi primer intento por editar un texto propio. Ahora me enfrento a una disyuntiva pues me doy cuenta que será difícil quedar satisfecho. Cada vez que lo leo encuentro una mejor palabra, nuevas combinaciones para estructurar ideas, puntos y comas que faltan o sobran.

El texto original lo pueden encontrar en este mismo blog No volverá a suceder



No volverá a suceder


En la taberna de Asad no había cabida para el orden natural, ignorando al Sol y la Luna las noches empezaban temprano y terminaban tarde. No siempre fue así, al principio fue un lugar discreto que recibía a viajeros que se dirigían o volvían de Zamora, capital del comercio en Occidente. En sus primeros años el éxito de la taberna radicó en su ubicación, se encontraba a las afueras de la ciudad en el que pocos se aventuraban a pasar la noche, no en vano se le conocía como “la ciudad de la maldad”. Al poco tiempo la taberna se convirtió en consecuencia de su entorno. Su principal clientela la conformaban ladrones, asesinos y mercenarios. Se permitieron y fomentaron los excesos que de vez en vez resultaban en pleitos en los que las diferencias se resolvían con la muerte del menos diestro o de quién llevaba el peor acero.

Los rayos del Sol alcanzaban una pared de la habitación, resaltaban el mal estado en el que se encontraba la madera, para ella era desagradable a la vista y a los sentidos. La humedad trasminaba sus huesos.

Al pasar la lengua por detrás de los labios saboreó su propia sangre, tenía cuatro días que no probaba ese sabor. Le tomo un par de minutos ubicarse, se sentía aturdida, la bebida provocaba estragos en su cabeza, afectaba sentidos, percepción y equilibrio.

Intentó incorporarse apoyándose en el codo, percibiendo el suelo extendió la mano para alcanzar la cama, el dolor se hizo presente en distintas partes del cuerpo, acentuándose en los muslos y brazos, con dificultad se puso de pie con ayuda de la cama, el intenso dolor la hizo sentarse en ella. Se tomó un par de minutos para despejarse, no podía recordar lo sucedido, el cuerpo molido a golpes no se lo permitía. Pasó una mano sobre su ojo para evaluar el daño, lo comprobó inflamado. Con el dedo índice hizo lo propio encontrando sangre seca bajo la nariz y en la comisura de los labios. Con ambas manos sobre la cama y su vista perdida, descubrió en el piso una botella de vino, tres tarros y sus prendas hechas jirones, testigos mudos de lo que había ocurrido la noche anterior.

Recordó la noche en que juró que no sucedería de nuevo, jamás le creyó a Asad cuando éste, sosteniendo sus manos, le dijo que no permitiría que otro cliente la golpeara de nuevo, con ver sus ojos ella sabía que mentía, su única preocupación era que sus muchachas no tuvieran moretones visibles que pudieran desagradar a los clientes. Ella lo miró a los ojos sin pronunciar palabra. Su consuelo más bien parecía una burla, ¡como si tuviera opción!

Esa noche parecía tan lejana. El dolor en su cuerpo la devolvió al presente cuando se puso de pie, avanzó dos pasos con dificultad, con lentitud se inclinó para levantar la fina cadena que en la noche anterior descansaba sobre su cadera y que en la parte delantera una breve tela con transparencia sugería lo que debería cubrir. Se puso de nueva cuenta la ornamenta, mientras la cerraba sobre la cadera recorrió el cuarto con la mirada, descubrió un baúl volteado, los cojines que adornaban la cama se encontraban en el suelo, en ese momento recordó haber escondido la daga dentro de uno la noche anterior.

Con firmeza, Asad tomó su mano y la guió por el pasillo, bajaron las escaleras para llevarla a una de las mesas frente a la cocina, la invitó a sentarse y con una sonrisa desapareció detrás de la puerta.
A los pocos minutos salió con un tarro de cerveza, pan y queso, lo puso frente a ella y se sentó a su lado sin dejar de mirarla. Ella clavó la mirada en el plato, volteo a verlo. Él alternaba su vista de los pechos de la joven a la cara. Después de un silencio incomodo tomó el pan llevándoselo a la boca. Su dueño le acarició la mejilla, acercó el tarro invitándola a beber. No era fácil que pudieran comer queso. El hambre terminó de vencer su orgullo, comió con la ansiedad de un mendigo. Ignoró la mano sobre la pierna, no le importó sentir ese toque áspero y sucio en el muslo. No volteó ni siquiera cuando alcanzó su entrepierna. Esa noche le hizo compartir la cama.

Con una rodilla en la cama la muchacha alcanzó el cojín en el extremo opuesto, aturdida no entendía por qué no pudo defenderse, no recordaba si lo intentó siquiera. Al palpar la fina tela de oriente recordó una noche distinta a la que acababa de sobrevivir, sintió la dureza del objeto oculto, introdujo la mano y tomó la daga, la sujetó con tal fuerza que su puño se tornó blanco.

Una y otra vez se cuestionó por qué lo permitió, cómo es que sucedió de nuevo. Permaneció hincada en la cama sin encontrar respuestas. En un intento por despejar su mente abandonó la habitación. Ayudándose de la pared recorrió el pasillo hasta las escaleras. Cada escalón que descendía aumentaba el impulso de llorar, se sentía sola. No había nadie despierto aún. Quería comer algo pero tenia el estómago revuelto. Con el peso de su cuerpo abrió las puertas que ocultaban de los clientes las condiciones en las que se encontraba la cocina. Al interior torres de platos sucios permanecían a la espera de que las mismas bailarinas los lavaran por la mañana. Sobre la plancha se encontraban restos de animales muertos, la sangre escurría llenando baldes y agrediendo al olfato de la muchacha. Al otro lado se escuchaba el movimiento de las gallinas dentro de las jaulas. Se acercó a la olla más grande esperando encontrar sobras de algún platillo. Era enorme, dentro de ella cabían dos personas sin dificultad. Lo sabía pues le había visto utilizarla metiendo a dos chicas en ella para su diversión. Despedía un olor fétido que avivó su nausea. Se llevó una mano a la boca intentando contener las arcadas y abandonó ese lugar.

Al salir encontró las mesas y sillas dónde a cambio de hospedaje y comida servía bebidas cada noche. Por unas monedas se veía obligada a llenar los tarros de los clientes desde cinco años atrás. Con ambos puños se apoyó en una de las mesas. En su mente esos rostros grotescos, las burlas, las carcajadas, los abusos y los excesos. Era frecuente el cliente que creía que, al ser atendido por la muchacha, tenía licencia para otro tipo de libertades con ella. Libertades que por el precio adecuado, Asad concedía. Si traían dinero consigo el tabernero les permitía cualquier cosa, incluyendo pasar la noche en compañía. Si estaban ebrios, si eran ladrones o asesinos, todo era secundario.

A punto de quebrarse recordó su promesa de no volver a derramar una lágrima. Mirando hacia la barra casi podía ver a Asad detrás de ella, con esa sonrisa cínica, riendo a carcajadas, aprovechando cualquier oportunidad para tocar sus nalgas y asignando tareas que de vez en vez la hacían pisotear su dignidad.
Subió las escaleras, caminó por el pasillo hasta la puerta del fondo, con ese peculiar andar consecuencia de su voluptuosa figura. Parecía haber olvidado el dolor, se detuvo unos segundos frente a la puerta, con delicadeza tocó pero no escuchó sonido alguno, insistió con mayor fuerza. Por respuesta una maldición al otro lado de la puerta. El sonido de pasos, del cerrojo desplazarse. Un temeroso Asad entreabrió la puerta y la atrancó con su pesada humanidad. Al encontrar a la mujer casi desnuda el temor en su rostro fue sustituido por una viciosa sonrisa. No le sorprendió el ojo hinchado, ni la sangre en nariz y boca, ni los moretones, rasguños y mordidas en brazos y piernas. Desde que recibió la plata de ese hombre y les vio subir las escaleras, sabía que le darían otra golpiza.

La hizo pasar, ella mantuvo sus brazos abajo. La recibió desnudo, tomándola de un brazo la atrajo hacia él para abrazarla. La muchacha pudo sentir su voluminoso estómago contra ella, su cuerpo lleno de pelo. La enorme mano de Asad tomó la suya y la guió hacia la cama. Ella lo siguió dócil, la otra mano detrás apenas sobre sus nalgas, su puño sujetaba la daga con tal fuerza que se tornó blanco.

Mientras el hombre acariciaba su mejilla escuchó su rasposa voz -"No volverá a suceder". Esta vez ella sabía que era verdad...


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