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Abordé el Metro y captó mi atención de inmediato. Estaba sentado y parecía asustado. Levantó su rostro para mirar al universo de desconocidos que nos sumábamos a la multitud. No prestó especial atención a ninguno. Su piel era una fina y delicada capa de cartón, se podía ver a través de ella. Exhibía cada vena, cada arteria. Jugaba con éstas últimas y al hacerlo miraba con atención, con la curiosidad de un niño que descubre el mundo. Usando su dedo índice empujaba los pronunciados conductos del vital líquido para después masajearlos con el pulgar. Las exploraba y recorría a lo largo de su antebrazo. Lo vi repetir esta acción una y otra vez.

Mientras lo miraba reflexionaba sobre su edad y lo que el tiempo había hecho con su piel, sobre las posibilidades de una vida. Lo hice durante los treinta minutos que duró mi trayecto, de alguna forma compartiendo parte de esa vida, al menos por ese instante. Próximo a mi destino, repartí el peso de la mochila en mis hombros preparándome para descender. Al acercarme a la puerta el anciano se fijó en mi. Sentí el estómago hacérse nudo cuando el viejo se incorporó despacio. Tuve el mismo miedo que me provocaba el arlequín sentado en la vieja silla de la abuela. En cuanto las puertas se abrieron apresuré el paso, no dejé de mirarlo mientras me alejaba. Escuché el aviso que advertía el cierre de la puerta doble y ésta se cerró en su nariz antes de que el anciano pudiera salir. Apoyó sus dos manos en el cristal y me miró a los ojos. Me sentí culpable y aliviado cuando el Metro se lo llevó lejos.

La caminata a casa fue bajo una tormenta que no tardó en convertirse en una moderada pero constante lluvia, en el camino ésta disminuyó en intensidad, para cuando llegué a casa era sólo una llovizna. Me quité la chamarra y me dirigí al estudio en busca de las artesanías que heredé de mi madre. De la pareja de viejitos de papel maché sólo permanecía la mujer, haciéndome responsable de su destino, reprochándome con la mirada el que ahora estuviera sola.






Faltaban al menos siete turnos para que pudiera ordenar mi comida y el berrinche del niño dos lugares adelante amenazaba mi cordura. Tenía varios minutos así y a medida que pasaba el tiempo mi paciencia se agotaba. Igual que yo, los comensales tenían la mirada clavada tanto en el niño como en el padre responsable del espectáculo, ya sea por haberlo provocado de forma directa o, en su defecto, por permitirlo.

El padre, posiblemente al no saber manejar la presión que ejercían las miradas, tomó al niño del brazo, lo jaló con fuerza hacia él y lo zarandeó de forma violenta. Mostrando los dientes amenazó al niño diciendo que le daría una buena razón para llorar, intentó ser discreto pero no se puede ser muy discreto cuando todos están atentos a uno. El resultado: la reprobación e indignación general por parte nuestra y un berrinche aún mayor por parte del niño.

De manera repentina el hombre adelante de mi tomó al niño del brazo izquierdo, su paciencia se había terminado. En un rápido movimiento jaló una vez con fuerza para llamar su atención y gritó con intensidad algo que, si bien puede ser considerado reprobable, todos pensamos en ello. El "¡Que te calles carajo!" se impuso no sólo al llanto del niño, sino sobre toda persona en aquel local. En mi sorpresa intenté discernir si iba con ellos, pues no imaginaba a un extraño haciendo algo así a un niño, menos enfrente del padre.

Después de ese estallido el silencio se impuso. Se podía escuchar el sonido de las papas friéndose en aceite.

Los ojos del padre se abrieron como platos, su reacción tomó un par de segundos. Grito una maldición a la vez que su puño viajó en dirección a la nariz del espontáneo. El hombre se fue de nalgas al suelo.

El niño se mantenía en silencio. Su padre lo tomó del brazo, ahora de forma gentil. Lo cargó en un brazo ayudándose del hombro, del mostrador tomó una bolsa de papel y la Cajita feliz del niño y abandonaron el local. No escuché lo que dijo pero le hizo una caricia en el cabello para después darle un beso en la frente.

Cuando el personal del local pudo reaccionar salieron del mostrador para ayudar al hombre. Sangraba por la nariz. Le ayudaron a incorporarse y le ofrecieron llevarlo al baño, él rechazó la ayuda, se paró frente a una caja y ordenó. De forma paulatina se escuchó nuevamente el bullicio de las personas regresando a sus conversaciones, aunque muchos permanecimos atentos a aquel hombre. Recibió la comida y subió al segundo nivel, quizá buscando privacidad.

Ordené mi comida y sin pensarlo fui tras él. Ésta vez fue el morbo el factor para elegir mesa. Aunque estaba a varias mesas de distancia seguí atento a aquel hombre. Mientras depositaba la charola en mi mesa lo vi usando una gran cantidad de servilletas para detener la hemorragia. Para mi sorpresa el hombre tenía una amplia sonrisa que mantuvo en todo momento, lo que hacía la escena aún más extraña.

Terminé de comer y para depositar la charola fui al bote de basura más cercano al sujeto.

-¿Estás bien?
-Sí, gracias.
-Dijo manteniendo la sonrisa.
-Pareces muy feliz.-Añadí.
-Lo estoy.

Escogí con cuidado mis siguientes palabras pues evidentemente estaba frente a un loco.

-¿Me perdí de algo? ¿Conoces a esas personas?
-No. No los conozco.
-No entiendo el motivo de tu alegría.


Hizo una pausa, miró a algún punto por unos segundos ordenando sus ideas y luego se dirigió a mi.

-El padre lo pensará dos veces antes de tocar a su hijo y el niño comerá hoy su Cajita feliz con su héroe.

Vaya que hay cosas que escapan a la vista. Sonreí, le di una palmada en el hombro y regresé al trabajo.





Aunque muchos sabíamos de la existencia del espectáculo el faquir llega de imprevisto. La mayoría nos percatamos de su presencia al momento en que pasa frente a nosotros. De complexión delgada, pantalón negro de tela, torso desnudo y descalzo. Luce desnutrido, la piel poco hace por disimular los huesos que se adivinan casi en su totalidad. Clavículas, omóplatos, costillas, pudiera cumplir el mismo propósito que tiene un esqueleto para la clase de Anatomía.

Se asegura que todos lo miremos. Su cuerpo está lacerado, en especial el antebrazo y la espalda. Tiene huellas de heridas recientes y conserva cicatrices de antaño.

Arrogante, arroja la camisa al suelo con desprecio. El inconfundible sonido que produce al caer nos indica lo que hay dentro. Es frágil pero eso no le importa, para su número no necesita tener cuidado con los cristales. Al extender la camisa descubrimos los vidrios rotos, en gran variedad de formas, colores y grosores. Inicia lo que parece un ritual y se arrodilla frente a la camisa, las costillas delatan su respiración. De manera repentina levanta el puño y golpea justo enmedio de los cristales. Eleva su puño por segunda vez, tiene cristales incrustrados, ahora golpea con el codo y el antebrazo. En cada nuevo golpe con el antebrazo parece aumentar su coraje, lo repite cinco veces más.

No grita, no se queja. Si le produce dolor no nos lo permite saber. Busca regular su respiración, recupera la calma y lleva las dos palmas al suelo como si fuera a ejercitar, desciende una y otra vez aplastando los vidrios con su pecho. Se gira para repetir la acción, esta vez con la espalda. Entonces caigo en cuenta de la gravedad de las heridas en su antebrazo. Hay sangre fresca sobre la sangre seca. Es evidente que ha realizado el número varias veces durante el día.

Al concluir se pone en pie y camina entre nosotros buscando la aprobación de su improvisada audiencia. Veo pequeños cristales enterrados en su cuerpo. No hay aplausos. No hay admiración. Miro a los demás y descubro reacciones de desagrado. Su cercanía nos perturba. Lo despreciamos. Nos incomoda. Lo sé porque lo puedo ver en la expresion de los demás. Lo sé porque es lo que me provoca.

Resignado dobla la camisa con los vidrios dentro, la toma en sus manos y se pasea delante nuestro por última vez antes de probar su suerte con otra audiencia. Entonces corre abriéndose paso entre la gente. Se retira con prisa, apenas con el tiempo justo para entrar en el vagón contiguo antes de que lo deje el Metro.






De inicio pensé que resultaba un fastidio que mi cumpleaños cayera en miércoles, reconsideré al darme cuenta que daba lo mismo que fuera en fin de semana. Terminaría por no hacer nada. Es así que ese día pintaba como cualquier otro. Que equivocado estaba.

Mi rutina fue la de cada mañana. El despertador intentó cumplir su función pero lo detuve para que se activara 10 minutos después. Tenía tres gatos encima, me moví un poco y ellos, más concientes que yo de la hora, abandonaron la cama. Dos de ellos reclamaban por comida bajo el marco de la puerta mientras mi fiel gata rusa me acompañó a la regadera.

Como en un trance me demoré disfrutando el agua tibia. Algunas ideas cruzaron mi mente pero todas escurrieron por el drenaje. Elegí una de mis camisas favoritas, dí de comer a los gatos, limpié su arena y salí.

Al llegar al Metrobús me sorprendió encontrar la estación casi vacía, algo prácticamente imposible en la Ciudad de México. En la sobrepoblada capital del país y en horario de entrada de oficina esto resulta un escenario postapocalíptico. Un policía montaba guardia, dos personas hacían fila para depositar crédito en sus tarjetas de viaje y otras tantas aguardaban el siguiente transporte. Por si fuera poco, al llegar la unidad se encontraba casi vacía. Fue tal mi desconcierto que dudé en entrar, en una fracción de segundo pensé en un posible atentado y mi mente realizó operaciones imposibles intentando hallar una explicación. La alarma anunciando el cierre de puertas me devolvió a la realidad, entonces abordé.

Mi problema suele ser encontrar un asiento para poder leer en el trayecto al trabajo. Por lo general termino leyendo de pie siempre y cuando mi espacio vital no se vea invadido por la multitud. Ese día mi problema fue elegir alguno de los lugares vacíos. Elegí uno en donde el Sol no pegará de lleno, casi hasta atrás. Contento con mi suerte al encontrar un lugar tomé el libro "Descansa en paz" y dispuesto a continuar la lectura durante los siguientes 45 minutos busqué la página 79.

-¿Me permites? -Una voz interrumpió. No pude disimular un gesto de desagrado teniendo en consideración que, entre tantos lugares vacíos, aquel sujeto tenía que elegir precisamente el que estaba a mi lado.

Sin decir palabra me puse en pie y llevé el libro a mi pecho para permitirle el paso. Me devolví a la lectura molesto por el nuevo vecino. Soy perfectamente capaz de viajar en el metro en hora pico cuando hasta respirar implica un esfuerzo debido a la aglomeración de personas, pero en un escenario como el de ese día resultaba molesta la cercanía.

Lo intenté pero no podía concentrarme. De reojo lo percibí inclinándose de forma discreta para asomarse a las páginas del libro. La felicidad que sentí al encontrar la ciudad despejada desaparecía a causa de una sola persona. Era la segunda intrusión de aquel extraño, no estaba dispuesto a que hubiera una tercera. Giré para encarar al sujeto pero, rompiendo mi esquema, se adelantó y habló primero.

-¿Cómo estás? -dijo con una ligera sonrisa. Su voz era calma y profunda.
-¿Te conozco? -contesté a la defensiva, en automático y por instinto.

Al responder le miré a los ojos, titubeé al encontrar un gran parecido entre aquel hombre y mi padre. Tenía el cabello cano, rizado, aunque tenía unas discretas entradas su cabellera resultaba abundante para un hombre mayor. Las cuencas de sus ojos, igual que su mirada, eran profundas, marcadas y oscuras. Las ojeras no sólo delataban su edad sino una vida llena de desvelos. Las arrugas en su rostro mostraban a un hombre parco al que no era fácil arrancarle una sonrisa, sin embargo ahí estaba, sonriendo.

-Yo te conozco a ti, al menos eso creo. Dudo que tú me conozcas dado que todavía no sucedo.

Sonrió divertido por mi reacción. Balbuceé algo que pretendía ser una pregunta pero fui interrumpido por la puerta doble cuando se abrió violentamente al llegar a la siguiente estación. "Descansa en paz" permanecía abierto sobre ambas manos aunque era evidente que, de momento, suspendería mi lectura.




Cuando Los Simpsons se convirtieron en el fenómeno de moda no importaba que él y sus amigos comprendieran la mitad de lo que ocurría en la serie, les bastaba sentirse identificados con Bart. Le gustaba visitar al"Oso" en esa casona en el centro de Coyoacán. No ha conocido una casa que tenga un techo más alto por no mencionar el laberíntico y tétrico sótano que encontraba fascinante. Él sólo tenía 12 años.

Fue entonces que escuchó por primera vez de la Operación: Tormenta del Desierto sin embargo no profundizó en el tema. Sólo pensaba en sus GI.JOE e improvisaba cuevas y fortalezas en la tierra ayudándose de ramas y piedras. Lamentaba el no contar con los inaccesibles vehículos como los que tenían sus primos. Hasta entonces eso era todo lo que le inquietaba. Fuera de su mundo la realidad era más compleja. La realidad era que Estados Unidos iniciaba la Guerra del Golfo en Irak.

Sólo tenía 12 años cuando alimentaba su fantasía con lecturas mitológicas, cuentos fantásticos y relatos de terror. Al mismo tiempo, en otro continente, se creaba el Instituto Cervantes para difundir la lengua española en el extranjero. Años después colaboraría directamente con dicha institución.

Sólo tenía 12 años la primera vez que supo de abogados.

Sólo tenía 12 años cuando llegó al mercado la segunda generación de celulares. En aquel entonces las personas no estaban localizables las 24 horas. Se podía estar fuera todo el día realizando cualquier actividad (en su caso jugar) y no era motivo de paranoia por un posible secuestro. Sus padres se quedaban tranquilos con que llamara desde la casa del amigo en turno avisando que había llegado con bien aunque después no supieran de él durante horas.

Sólo tenía 12 años cuando escuchó de ETA y una bomba que mató a 10 civiles. Cuando la policía de los Angeles molió a golpes a Rodney King. A pesar de la fuerte impresión por las imágenes en su mente no había lugar para el racismo y el abuso de autoridad. No todavía.

Sólo tenía 12 años cuando lloró por última vez. Desahogó todo su miedo y dolor al auricular mientras del otro lado de la línea "Oso" hacía lo que podía por tranquilizarlo.

Mientras Eslovenia y la República de Macedonia se independizaban de Yugoslavia. Georgia, Estonia, Letonia, Bielorrusia, Moldavia, Kirguistán, Uzbekistán, Tayikistán, Armenia, Turkmenistán y Kazajistán declaraban su independencia de la URSS. El Pacto de Varsovia era disuelto. Mijaíl Gorbachov renunciaba a la Presidencia de la Unión Soviética y anunciaba la desaparición de la misma. Leningrado recuperó el nombre de San Petersburgo y Boris Yeltsin era elegido presidente de la Federación Rusa.

Sólo tenía 12 años cuando una mujer en traje sastre le dijo que un señor le preguntaría si quería quedarse con melón o con sandía. Esa semana una explosión en la central de Chernóbil recordaba la tragedia nuclear ocurrida en 1986, aunque él hasta ese momento supo de ella.

Sólo tenía 12 años cuando al salir de los juzgados lo llevaban a comer pizza. En Texas, George Hennard mató a tiros a 24 personas. No lo sabía pero escucharía de muchos casos similares.

Sólo tenía 12 años cuando Magic Johnson dio a conocer que tenía síndrome de inmunodeficiencia adquirida (aunque no tenía claro lo que eso era) igual que Freddie Mercury quien falleció un día después de hacer tal declaración a los medios.

Sólo tenía 12 años cuando dejó su casa como un fugitivo llevando consigo lo que cabía en una pequeña maleta.

Sólo tenía 12 años cuando Michael Jackson sacó Dangerous y revolucionó la industria de la música y la forma de hacer videos. Cuando la banda Guns and Roses sacó Use Your Illusion I y Use Your Illusion II, Pearl Jam su Ten, U2 el Achtung Baby, Metallica sacó el album negro y Nirvana su Nervermind aunque sería hasta años después que comenzaría a escuchar estas bandas.

Sólo tenía 12 años cuando llegó a casa de su abuela e intentando hacer de su realidad unas vacaciones improvisaba campamentos en la sala poniendo cobijas en sillones y en las sillas del comedor.

Sólo tenía 12 años cuando Terminator 2 de James Cameron le voló la cabeza cuando acudió a verla en uno de esos cines donde los zapatos se pegaban al suelo por el refresco y los restos de palomitas de funciones anteriores permanecían regados por toda la sala. Ese mismo año "Silence of the lambs" sembraría en él un placer casi morboso por el tema de los asesinos en serie.

Todo ocurrió en 1991, y sólo tenía 12 años cuando se separaron sus padres.


En un inicio lo intentaron disfrazar como un nuevo tipo de influenza, suspendieron clases, cerraron negocios, paralizaron la ciudad. Sin embargo se esparció de tal forma que en unas semanas no pudieron ocultarlo más, estaba ahí afuera a la vista de todos.

La siguiente etapa fue terrible y de gran confusión. Lo politizaron y comenzaron a justificar su desgobierno con dicho evento. A la clase política le vino bien, muchos lo manejaron de forma retroactiva para ocultar corrupción, enriquecimiento ilícito, tráfico de influencias y su torpeza en la toma de decisiones.

Durante su sexenio, Felipe Calderón atribuyó un buen porcentaje de los más de 70,000 muertos en "la guerra contra el narco" a los zombies, especialmente los cuerpos decapitados y aquellos que terminaban irreconocibles diluidos en tambos con ácido. Para mala suerte del gobierno federal los zombies no usaban armas, de lo contrario hubieran conseguido maquillar aún más estas cifras.

Los gobiernos de los estados hicieron lo propio. En un hecho sin precedentes el titular de la Secretaría de Seguridad Pública de Tamaulipas, Antonio Garza, adjudicó la responsabilidad por la fuga de 89 reos del penal de Reynosa a los muertos vivientes. En la capital del país el jefe de gobierno Marcelo Ebrard atribuyó en lo consecuente todas las marchas que paralizaban la ciudad a las hordas de muertos vivientes. Sin importar si eran los sindicalizados del SME, maestros o campesinos, a todos los hizo pasar por zombies sin pensar que en un futuro cercano la mayoría lo sería.

En el Estado de México el entonces gobernador Enrique Peña Nieto (quien fuera el último presidente que tuvieron los Estados Unidos Mexicanos) utilizó a estas criaturas en el mayor escándalo mediático al que se enfrentó y que lo sepultó de forma temporal ante la opinión pública: la misteriosa desaparición y asesinato de una niña de 4 años. De no haber sido por la oportuna aparición de los zombies y el manejo que Televisa dio a los mismos, posiblemente no habría conseguido sacudirse el lastre del caso Paulette y así habitar Los Pinos, ocupar la silla presidencial. Al ver los resultados aprovechó la exitosa fórmula para callar los rumores que lo responsabilizaban sobre la muerte de su anterior esposa (o ex-esposa).

A los zombies también se les responsabilizó por el incendio de la guardería ABC, fallidos intentos de rescate en decenas de secuestros y, sin ir más lejos, basta decir que la Federación Mexicana de Futbol adjudicó los malos resultados y la eliminación de la selección Nacional en el mundial de Brasil a los no muertos (o no vivos, como sea).

La población hizo lo propio, se tomaron libertades que iban desde el saqueo de centros comerciales hasta realizar linchamientos en sitios públicos para después argumentar que el delincuente (y con seguridad uno que otro inocente) era un muerto viviente. Ante la nueva y desconocida amenaza la autoridad no tenía forma de rebatir dichos argumentos. Para variar no supieron reaccionar.

Pero este descontrol sería temporal. El sistema no tardaría en terminar de colapsarse y así, eliminado el espejísmo de la civilidad, regresar al orden natural, el de la supervivencia. Dejamos de hablar de derecha o izquierda que a final de cuentas son la misma mierda. Dejamos de pronunciar sus nombres, de pensar en alzas imposibles que hacían posibles y absurdos impuestos que sólo servían para mantener su lujoso nivel de vida. Durante décadas la historia de nuestro pueblo se llenó de dolor, de discriminación y de atropellos. Nuestro sistema de justicia al servicio de quien lo pudiera pagar. Nuestra tierra consumida en recursos y espíritu. Sin importar si era de día o de noche vivímos en completa oscuridad. La dictadura perfecta que en sus últimos años quisieron disfrazar de alternancia había terminado.

Mirando en retrospectiva sin duda es lo mejor que le pudo haber ocurrido a este país. Por vez primera, después de 200 años, supimos lo que en verdad era ser independientes. Fue así que gracias a los zombies se terminó la epidemia.

Hoy podemos empezar de nuevo.



La generación que sucede a la nuestra no dará crédito a cómo es que terminamos con todo. Por nuestra parte y sin intención de evadir nuestra responsabilidad, diremos que fue un proceso de años el terminar con los recursos. No fue un accidente o una catástrofe repentina. La realidad es que, igual que a nosotros, a nuestros padres y a los padres de nuestros padres tampoco les importó. Aunque sólo es consuelo de tontos.

Quizá no tomaron acciones pues debieron pensar que faltaba mucho tiempo para que ocurriera. Que no les tocaría a ellos explicar a los niños y tenían razón, esto nos tocaría a nosotros.

Recuerdo los días en los que la gente robaba y asesinaba por ambición y no por sobrevivir como ahora. Nuestra condición actual tiene nuestros instintos más primitivos y me doy cuenta que es el comportamiento natural de nuestra especie. La reglas de nuestra sociedad, la civilidad, la etiqueta, todo fue una ilusión que mantuvimos durante algún tiempo antes de que todo se cayera a pedazos.

Ahora no contamos con agua potable, sobra decir que las buenas formas han desaparecido. Los lazos se han reducido, la gente ve por los suyos y con esto me refiero a la familia inmediata, si es que la tienen. Lo sé porque hubo un tiempo en el que tuve por quien ver.

Cuando todo se colapsó formamos grupos con las personas más allegadas a nosotros: familia inmediata, familia política, amigos, vecinos, gente de confianza. A los pocos meses los números se redujeron de forma dramática, primero por los ataques de grupos mejor organizados o al menos mejor armados, después por la escasez. Las personas de confianza dejaron de serlo. Todo se fue a la mierda. Poco a poco la traición se fue enquistando en nuestras vidas. Por mi parte solía confiar. Confié hasta el día en que lo perdí todo, el día en que la perdí a ella.

Después de ese trance decidí aislarme. Temí crear nuevos lazos. Ver por mí resultaba más fácil al menos para mi conciencia. En algún punto perdí la noción del tiempo. No había semanas o meses, sólo día y noche. Un día a la vez. Así pasó mucho tiempo.

Uno de esos días llegué a lo que parecía haber sido una pequeña ciudad. No parecía haber muchos edificios, predominaban las casas o lo que quedaba de ellas. Igual que en los últimos 5 poblados no había señales de vida. Caminé sobre lo que había sido una avenida principal esperando encontrar un centro comercial o un supermercado para hacerme de víveres. El Sol en el asfalto cegaba mi vista, quemaba mi piel. Estaba agotado y a pesar de no encontrar lo que buscaba di con un minisuper sepultado bajo los escombros, de esos que solían operar las 24 horas. No me entusiasmó el hallazgo, ahora que lo pienso tenía tiempo que nada me entusiasmaba.

Permanecía un vehículo que había derribado la entrada al negocio. Me aproximé con cautela temiendo que alguna pandilla pudiera haber simulado ese oasis para atraer u su presa. Algunos se habían organizado para robar, usaban a las mujeres para lo que sus intenciones en el momento convinieran y asesinaban a los hombres. Lo sé porque lo viví y hubiera preferido comprobar esto último.

Debajo de la chamarra portaba un machete y una pistola que desconocía si servía. Me acerqué y llevé mi mano al primero anticipando cualquier sorpresa. Tuve especial precaución de no provocar ruido al caminar sobre los escombros. Subí una pila de rocas y pude ver al interior. Como lo esperaba ya había sido saqueado. De haber llegado primero hubiera hecho lo mismo. No tuve tiempo para frustrarme pues un sonido familiar me provocó un nudo en el estómago. El sonido abocó recuerdos de una época mejor. Una época donde hubo risas, conversaciones hasta la madrugada. Sentí esa ansiedad de correr para tomar la llamada.

Me tomó unos segundos identificar de dónde provenía el sonido. Si era una trampa hubiera sido presa fácil pues olvidé por completo cualquier precaución. Corrí sobre los escombros y tropecé cuando el pequeño cerro de rocas se derrumbó a mi paso. Ignoré los raspones y me incorporé de inmediato aguzando mi oído. El timbre del teléfono insistía desde una ventana en el primer piso de esa construcción. Me invadió una angustia terrible de que pudieran colgar al otro lado de la línea. Usé todo mi peso para vencer la puerta doble. Crucé el pasillo en cuestión de segundos y alcancé las escaleras. Ayudándome del muro subí los escalones de tres en tres, pude escuchar la madera crujir un instante antes de que mi pierna se hundiera hasta la ingle. No pude contener un grito que llenó el lugar. Me ayudé con los brazos para salir, una astilla del tamaño de una estaca se había enterrado en mi pierna. Puse una mano procurando contener la sangre pero mi mente estaba en otra cosa. El teléfono seguía sonando.

En la planta superior había gran cantidad de puertas pero eran tres habitaciones las que daban a la calle. Mi respiración agitada me impedía escuchar con claridad, me detuve un instante y derribé una de las puertas. La luz me cegó, distinguí una cama y tropezando me acerqué a ella. Al lado un buró con una lámpara sin foco y el aparato telefónico. Era uno de esos aparatos viejos que sólo había visto en películas. Tenía un disco para marcar un número tras otro. Mis padres tuvieron uno pero no recuerdo haberlo usado. Casi con violencia interrumpí el timbre.

-¿Hola?
-¡Dios! ¡No es verdad!
-Una voz femenina acarició mi oído-¡Tengo semanas intentando contactar a alguien! ¿Quién es?-El audio no era como lo recordaba, la calidad era pobre pero era mejor que nada.
-Soy...no importa, ¿quién eres tú?
-N...no puedo decirte. Sabes como son las cosas.
-¿Cómo son las cosas? ¡Tú me llamaste a mí! ¿Qué quieres entonces?
-...no estoy segura
-Guardé silencio para que continuara-¿Sabes? No pensé que haría si alguien contestaba. Llamaré después.
-¡No! ¡Espera! -El tono del teléfono me indicó que se había ido.

Mi primer contacto con alguien en mucho tiempo, claro que estaba desconcertado. No sabía si llamaría de nuevo pero temiendo perder la llamada fui al minisuper para buscar cualquier cosa que pudiera servirme en la espera. No tuve mucha suerte. Regresé a la habitación y procure adecuarla para descansar. Estaba inquieto. Miraba constantemente por la ventana y mi mente empezó a jugarme trucos. Consideré que pudiera ser una trampa, de ser así era un ingenuo al permanecer en esa habitación. Me asomé por la ventana pero no detecté nada extraño. Usé una mesa para bloquear la ventana y atrincherarme. Después me cambié a la habitación contigua. No sé cuanto tiempo pasó, pero el sueño me venció. Lo supe cuando me despertó el timbre del teléfono.

Me apresuré a contestar, esta vez por temor a atraer la atención de alguien que pudiera estar cerca más que por perder la llamada. Ella habló primero.

-Hola.
-Hola...¿pensaste que hacer?
-En realidad no.
-¿Puedes decirme con quién estás? ¿Cuántos son?
-Hay mucha gente aquí, pero en realidad no hablo mucho con ellos.
-¿Tienen agua y comida?
-Sí. No nos preocupamos por eso.
-¿Dónde están?-
Ella tardó en romper el silencio.
-...no puedo decirte eso...
-Entiendo que desconfíes pero yo estoy en la misma situación. No sé quien eres, no sé cuantos son. Dime qué propones.
-No lo sé, podríamos simplemente platicar
-Su voz tenía un dejo de tristeza.
-Mira...es muy lindo eso de platicar, pero no puedo permanecer aquí. Es peligroso.
-Dame oportunidad de ver qué puedo hacer. ¿Puedes esperar hasta mañana?
-...supongo.
-Te llamo entonces.
-...
-Ten cuidado, ¿ok?


Quería decirle que necesitaba platicar con ella, que quería verla. Quería estallar en su contra por tenerme a la espera de su decisión o la de los suyos. Mientras todas estas ideas se revolvían en mi mente ella colgó la línea. Me sentí como un animal domesticado a la espera de su ama. Deambulé por algunas horas y regresé a la habitación a esperar su llamada. Recargado contra el muro las gotas de sudor corrían por mi frente y cuello. Estaba débil, la inactividad y el hambre me estaban afectando.

Recibí la llamada al día siguiente pero igual que las anteriores todo fue una charla agradable y evasivas para un encuentro. Es por lo primero que permití esa mecánica los siguientes días. Aunque siempre mantuvo cierta distancia -nunca me dijo su nombre o habló de su pasado- llegamos a intimar. Le conté cómo sobreviví, le conté sobre el día en que perdí a mi pareja y en consecuencia me aparté del mundo. Ella intentaba impulsarme, devolverme la fe, hacerme creer de nuevo y, aunque sus palabras tenían sentido, las reservas que tenía para hablarme de ella hacía que sonaran huecas. Fueron días extraños, en esas conversaciones tuve que replantear algunas ideas, me sentía bien. Sin embargo todo es finito, especialmente los recursos. No podría permanecer un día más en ese sitio.

-Debo irme. Mañana ya no estaré aquí.
-Lo sé, sabía que sucedería tarde o temprano.
-Entonces ¿es todo?
-...no lo sé. Por ahora, supongo.
-Si me dieras un número telefónico yo podría llamar si encontrara otro teléfono.
-No te preocupes por eso. Yo veré como contactarte
-Sus palabras me provocaron un nudo en el estómago.
-¿De qué estás hablando? ¿Quiénes son ustedes? ¿Cuál es tu nombre? -El silencio anunciaba locura.
-No fue tu culpa amor. Sé que hiciste todo lo que pudiste para protegerme.

Mi mundo se volvió de cabeza, sentí vértigo y un vacío en mi estómago que se extendió a mis pulmones, tuve dificultades para respirar y mis ojos se humedecieron. Intenté decir algo pero no conseguí articular palabra.

-No puedes hacerte esto. No fue tu culpa -Seguí el cable del teléfono por debajo de la cama hasta el muro, lo encontré desconectado.
-...c...creo que perdí la razón. ¿Eres real?
-Sabes que no.


Al intentar hablar rompí en llanto. Comencé a balbucear algo que pretendía ser una disculpa y palabras desesperadas de un amor que no me cabía en el pecho. Lloré, lloré lo que no pude llorar en años. Lloré hasta que se me hincharon los ojos, se terminaron las lágrimas y luego lloré algo más. Sosteniendo el auricular le repetí que la amaba una y otra vez.

Me abandoné en la cama y vi a la Luna salir para luego trazar un arco. Vi el cielo cambiar a tonalidades naranjas para luego volverse azul. Cansado de estar tendido me puse en pie dispuesto a seguir mi camino. Me detuve antes de dejar esa habitación por última vez y miré al buró. Volví sobre mis pasos, tomé el aparato telefónico y lo introduje en mi mochila antes de partir.


Estoy convencido de que un cambio de actitud puede mejorar todo. Con algo tan simple como una sonrisa mi día cambiará de manera radical así como el de las personas que me rodean. Es tan sencillo, no entiendo cómo es que sonreír no se vuelve una práctica común.

Ideas más, ideas menos, fue lo que pensé en la regadera la mañana de lunes. Pude sentir el cambio antes de salir de casa aún sin haber interactuado con nadie. Mi ritmo de sueño y de trabajo había hecho que el desayuno fuera un lujo que pocos días podía darme, ese día fue uno de ellos. Huevo son salchicha y jugo de manzana, incluso tuve tiempo de lavar los platos. Serví de comer a los gatos y percibí detalles en ellos que dentro de la rutina había pasado por alto. Por ejemplo la forma en que interactúan, su compañía en la rutina por la mañana, verlos pendientes de mis acciones mientras esperaban su comida y verlos jugar mientras terminaba de alistarme. Con un yogurt, una barra nutrimental, un libro y una libreta salí decidido a enfrentar el nuevo día con una mejor actitud ante la vida.

En el camino hacia el metrobús pasé frente a un pequeño local, un grupo de señoras tomaba café, supongo terminaban su desayuno. El dueño del local colocaba las mesas al exterior del local, me miró con gesto duro y sin detenerme le sonreí. Desvió la mirada y continué mi camino.

Cuadras más adelante pasé frente al sitio de taxis del parque de Tlacoquemécatl. Cuatro hombres platicaban mientras esperaban pasaje, todos fumaban. Les sonreí y asentí a manera de dar los buenos días, ninguno respondió. En lugar de eso suspendieron su conversación de forma abrupta, clavaron sus ojos en mí y dos de ellos dieron un par de pasos atrás obligándome a pasar entre el grupo. Como si se hubieran puesto previamente de acuerdo llevaron su cigarro a la boca al mismo tiempo, miré a cada uno sin quitar mi sonrisa y al pasar entre ellos miré al frente para evitar que lo tomaran como un reto y tuvieran el impulso de romperme la madre.

Le sonreí a toda persona que cruzó mi camino pero ninguno se percató, todos parecían llevar prisa. Algunos caminaban con la mirada al frente, otros la tenían fija en el suelo. Todos parecían estar demasiado ocupados en el trayecto cualquiera que fuera su destino.

Una cuadra antes de llegar al metrobús un ciego cruzó mi camino, quizá por el absurdo de sonreír a un ciego o quizá buscando que supiera que estaba ahí reí de manera involuntaria, nada escandaloso, pero mi risa no fue bien recibida. Volteó directo hacia mí posiblemente para hacerme saber que estaba al tanto y, quizá pensando que me burlaba de su condición, su semblante se tornó molesto. Me pareció curioso que me siguiera con la mirada aún después de pasar de largo.

Ingresé al metrobús. Por lo general procuro esperar el tiempo que sea necesario para abordar sin tener que aplastar a nadie pero después de 15 minutos decidí sacrificar mi comodidad a cambio de llegar a tiempo al trabajo.

Subí con mi permanente sonrisa, algunas personas me miraron raro pero eso no cambió mi semblante. Sentí una mirada penetrante y al voltear descubrí a una mujer aferrada a un tubo y con sus ojos muy abiertos y atentos a mí. Por supuesto le sonreí y ella, sin dejar de mirarme, se alejó en dirección al área exclusiva para mujeres. Torcí un poco la boca pensando en lo que pudo pasar por la mente de aquella mujer, seguramente que sería algún pervertido. No puedo culparla, de alguna forma tendría razón. Mis dudas se despejaron cuando descubrí a otras mujeres que acusaban y sentenciaban con la mirada a aquel pervertido del transporte público que osaba mirarlas con toda clase de pensamientos obscenos y sin poder disimular su perversa sonrisa. Temiendo que alertaran a la policía decidí voltear en dirección opuesta.

Aunque los varones no hicieron mayor problema tampoco recibieron muy bien mi sonrisa. Evitaban el contacto visual. Fueron 30 minutos en los que ninguno quitó la jeta. Estuve a punto de perder la sonrisa pero descubrir los bigotes de una mujer al frente mío me devolvió el buen ánimo.

Al llegar a mi lugar de trabajo las cosas mejoraron. Al saludar recibí muchas sonrisas de vuelta, pero fuera de los buenos días la sonrisa se convirtió en un elemento extraño a medida que avanzaba el día.

-¿Ahora tú que traes? - Comentó Ramírez.
-Nada, ¿por? - Contesté sin perder la sonrisa.
-Andas de cabrón ¿verdad? –Agregó-. ¿Ya te cogiste a la chaparrita?

Me pareció divertido su comentario. Negué con la cabeza riendo y reflexionando en la forma en que el humor de las personas es relacionado directamente con el sexo. Me vinieron a la mente frases que escuché con anterioridad como "necesita un acostón", "anoche le tocó" u "hoy toca" entre otras.

-Una apuesta a que voy al lugar de la chaparrita y trae la misma sonrisa. ¡Pinche Paquito! Esa si no me la sabía. - Agregó marchándose a la vez que estrellaba su palma en mi espalda sin darme oportunidad de responder.

La mañana pasó con normalidad. Poco antes de la hora de comida recibí una llamada de mi jefe, me requería en su oficina. Me presenté con la misma sonrisa que con el resto de las personas que habían cruzado mi camino ese día y debo haberlo perturbado pues me miraba extrañado y en lugar de “Hola” dijo “¿Qué?”. Comenté que no sucedía nada y pregunté qué requería. Me pidió afinar algunos puntos de un proyecto para el final del día pero por la premura con la que lo solicitaba le hice ver que los cambios no estarían listos. Respondió que mejor me diera prisa. Asentí con una sonrisa casi idéntica a la que tenía cuando entré. Sobra decir que me privé de comer pues de otra forma no terminaría el encargo. Transcurrió el día como tantos otros con la diferencia de los cambios de última hora que no eran pretexto para descuidar tareas y pendientes que arrastraba de antes.

Llegó la hora límite y me presenté con las modificaciones solicitadas. Abrí los archivos y comencé a explicar en que consistían los cambios más significativos. Pasaron algunos segundos cuando interrumpió mi ponencia para preguntar de qué me estaba riendo. Aclaré que no me estaba riendo de nada, que simplemente sonreía y preguntó por qué carajos lo hacía. Le dije que no tenía importancia, que no sucedía nada. Aflojó el nudo de la corbata, el cuello de la camisa y con voz agotada comentó que no nos estábamos entendiendo. Su reacción me pareció infantil. Sin saber cómo explicarme no pude contener una risa nerviosa ante tal absurdo pero sólo conseguí enfurecerlo más. Exasperado pidió que me retirara, agregó que revisaría el archivo, que cualquier duda me avisaría y que en otro momento hablaríamos de mi problema de actitud.

Salí tan tarde que el transporte público ya no operaba a esas horas. El estómago reclamaba mi compromiso con el trabajo pero mi irresponsabilidad hacia mí. Caminé buscando un sitio de taxis o algún lugar donde pudiera conseguir alimento, lo que sucediera primero. Encontré un bar y pensando que pudieran servir alimentos ocupé una de las mesas del fondo. Pedí la carta y encontré con agrado tacos y tortas dentro del menú.

Ordené unos tacos de bistec y pedí una cerveza mientras esperaba. La chica era agradable, sin embargo no tenía forma de estar seguro si su sonrisa era sincera o más bien parte de su trabajo. Debo haber estado demasiado cansado pues consideré preguntárselo. Me reí sólo y en la mesa de enfrente dos hombres me miraban con cara de pocos amigos. Pensando en las posibilidades de que algo más saliera mal procuré mirar en otra dirección, pero por algún motivo no quité la sonrisa. Eso pareció molestarles pues al voltear los descubrí con sus ojos fijos en mí, lo que me pareció absurdo o gracioso y mi sonrisa se hizo más pronunciada. Uno de ellos se puso de pie y se acercó a la mesa.

-¿Eres maricón? - cuestionó.
-No, no soy maricón. – respondí mirando directo. - ¿Y tú?

La botella se estrelló en mi cabeza, la cerveza corría por el cabello y cuello hasta mojar mi camisa. La silla en la que estaba sentado cayó al incorporarme y mientras sujetaba el brazo de mi agresor su compañero ya estaba de pie apartando la mesa para dejarse ir sobre mí a patadas.

La joven mesera y otras dos personas reaccionaron con prontitud quitándomelos de encima. Estaba aturdido con una mano en la cabeza buscando cristales incrustados en el cráneo. No entendí bien lo que sucedía pero pude ver que se llevaban a mis agresores. El primer hombre gritó “¡Para que sigas sonriendo pendejo!”. Minutos después descubrí que lo que corría por el cuello no sólo era cerveza sino también mi propia sangre.

El dueño del lugar me acompañó al baño y me auxilió para evaluar el daño y asearme un poco. En ese momento me pareció muy amable pero de regreso a casa pensé que toda esa amabilidad respondía al temor de que decidiera denunciar lo que representaría problemas serios para su negocio.

Caminé poco más de una hora, llegué a casa casi a las dos de la mañana. El dolor de los pies era peor que el del golpe que recibí en la cabeza. Llegué al portón del edificio, subí los tres pisos, entré y me recibieron los gatos con la misma efusividad que tenían en la mañana. Fui directo al baño para examinarme en el espejo, tenía el cabello pegajoso y en los dedos pude sentir la sangre seca. Con ambas palmas llevé agua a mi rostro primero, luego al cabello y el cuello. Tomé la toalla, me sequé y entré en la habitación.

No quise encender la luz. Caminé al otro lado de la cama, las cortinas estaban abiertas y la luz de Luna se proyectaba al interior.

-¿Cómo te fue? – le escuché decir muy bajito con voz adormilada. Me acerqué y la besé en la frente. Me senté a su lado mientras enredaba mis dedos en su cabello. Sus ojos se entreabrieron buscando mi rostro. Le sonreí, me devolvió la sonrisa y se acurrucó en mí. Su piel tibia contra mi cuerpo.

Mirando por la ventana, con su sonrisa en mi mente y ella abrazada a mí, descubrí que después de todo el saldo era favorable. Estoy en paz.

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Por si se la perdieron les dejo la liga a la primera parte

”…debí haber tenido cuidado con lo que deseaba, pues se volvería realidad.”

Nada fue igual desde que encontré a "laDama" en Twitter. Conforme la fui conociendo se apoderó de mi pensamiento, fue ganando terreno en cada una de mis actividades. Sí, me estaba obsesionando con ella.

Me descubrí con comportamientos febriles que no tenía desde la secundaria. Estaba al pendiente de su cuenta, de cualquier actualización que pudiera darme noticias de ella. Cuando lanzaba comentarios al ciberespacio para todos y para nadie, en mi delirio los hacía propios. Cuando coincidíamos no importaba cuanto tiempo pasáramos juntos, nunca era suficiente.

La noche nos brindó el tiempo y el espacio perfectos para nuestros encuentros. Se convirtió en nuestro refugio. Me acostumbré a la luz de la Luna y fui empujando mis límites poco a poco. Era natural el estar despierto a las tres de la mañana esperando encontrar su avatar. Iniciabamos con alguna ocurrencia que en muchas ocasiones marcaba la pauta de la conversación, ya fuera sobre su sentir en ese momento o sobre alguna reflexión de algo que hubiera ocurrido durante el día. Me fui haciendo a ella y ella se fue haciendo a mí. Nos convertimos en criaturas nocturnas y pese a mi ausencia de pensamiento en las actividades del día me descubrí volviendo por más noche tras noche, estaba fuera de mis manos.

Transcurrieron algunas semanas en las que fuimos adquiriendo confianza. Pasamos por distintas etapas, la curiosidad se convirtió en interés, en ese momento era imposible imaginar dónde terminaría.

Jorge, amigo de siempre, se mantuvo como mi enlace con la realidad. Solíamos comer juntos y se volvió casi una necesidad para ambos el escapar por una hora y media para desahogar las constantes presiones del trabajo o platicar de los asuntos personales. En esas fechas compartí con él lo que ocurría y el como “laDama” comenzaba a trascender en mi día a día, se convirtió en algo más que el encuentro casual.

Desde muy temprano tuve la inquietud de conocerla, no sé si fue por prudencia o cobardía pero no me había atrevido a hacérselo saber. De forma gradual las conversaciones fueron haciéndose más íntimas hasta que tuve la necesidad de decirle las cosas de frente.

“Quiero conocerte” ella tardó en responder.
“¿Y eso?”
“¿Por qué te sorprende?”
“Pues…no es que me sorprenda, pero no sé si sea buena idea”
ahora fui yo quien tardó en responder.
“¿Temes que se termine la magia?”
“…en parte”
“¿Y la otra parte?”
esperé algunos minutos sin respuesta, insistí. “Si se termina la magia sabremos que fue una ilusión, mejor que sea de una vez”
“Tengo que irme”
dijo evadiendo mi pregunta, miré el reloj, eran los primeros minutos de las cuatro de la mañana.
“Regálame unos minutos más”
“Que tengas una linda noche”


Agregué algo pero no recibí respuesta. Me sentí incómodo, aunque estaba en soledad sentí que había hecho el ridículo en público. Metí el orgullo bajo las sábanas para intentar dormir, igual que con la propuesta que hice esa noche, fracasé. Como de costumbre la encontré a la mañana siguiente. Evitamos comentar lo sucedido horas atrás. Me hizo sentir incómodo aunque fue un sentimiento pasajero, atenta y cariñosa terminó por amansarme. Transcurrieron los días entre mis actividades diarias y las conversaciones cotidianas con “laDama”, sin embargo mi propuesta y el silencio en torno a ella se transformaron en un lastre que de forma gradual se hizo más difícil cargar.

La falta de sueño volvió caprichoso a mi cuerpo, había noches en las que me encontraba repuesto y con gran vitalidad mientras que otras estaba agotado de sobre manera. Fue en una de estas últimas que, pensando en descansar un poco, fui a mi habitación a recostarme una hora antes de nuestro encuentro. Para evitar cualquier contratiempo programé el despertador minutos antes de la hora esperada, apagué las luces y me dispuse a descansar. Tenía tiempo que no me regalaba algunos minutos sin Internet o televisión. El silencio me sirvió para reflexionar sobre mi situación actual, pero ese silencio que en un principio me cobijó se tornaría en algo inquietante y perturbador.

Por unos minutos diversos temas ocuparon mi mente, poco después tuve problemas para concentrarme y comencé a divagar. Miré hacia la estancia. El departamento, ubicado en el tercer piso, está dispuesto de tal forma que desde mi habitación puedo ver el pasillo que da a las habitaciones y el baño, se aprecia también parte de la estancia y la puerta que da al balcón. Esa noche la débil luz de Luna sugería siluetas al interior. Tuve una sensación muy extraña, no fueron en concreto los ojos ni los oídos pero mis sentidos reaccionaron, tuve una poderosa sensación de que alguien más estaba allá afuera.

Mis ojos se abrieron como platos y estaba alerta a cualquier sonido. No detecté nada pero me pareció escuchar risas de niñas afuera del departamento. Aunque no podía verlas las busqué basándome en los susurros que escuchaba, sabía que estaban detrás de la puerta de cristal del balcón, tuve muy claro que estaban allí. Fue una sensación terrible el saberlas afuera, escuchaba sus risas y a pesar de saberlas infantes me sentí acechado. De un momento a otro y sin verlas supe que habían entrado, ¡se encontraban en la estancia!

Escuché las risas acercarse y por instinto intenté incorporarme, sentí morir cuando mi cuerpo no obedeció. Solo conseguí levantar ligeramente el cuello y mirar hacia afuera, como si supieran lo que sucedía conmigo su risa se tornó burlona. Con la mirada las busqué en el pasillo sin éxito, por el sonido supe que estaban enfrente. Mi mente comenzó a jugarme trucos, de algún modo presentí a las niñas, tendrían no más de 9 años, usaban un vestido que no correspondía a la época, parecían de alguna película de mediados del siglo XX. Supe que entraron a la habitación, al no poder levantarme intenté gritar y entré en pánico al descubrir que no salía sonido alguno de mi boca. Lo intenté una y otra vez, sentí el esfuerzo desde el estómago y las venas tensarse en el cuello. Solo mis ojos parecían responder.

La risa de las niñas se tornó histérica, ¡habían entrado a la habitación! La puerta a escasos tres metros de mí. Niñas que no podía ver, el cuerpo sin responder y gritos que no emitían sonido alguno, parecía no existir el orden natural. El sudor corría por mi frente y nuca, me retorcí como poseso intentando liberar el cuerpo o la voz mientras ellas se acercaban. De algún modo conseguí girar poco a poco sobre la cama hasta quedar atravesándola a lo ancho, al no poder levantarme o gritar pensé en golpear el piso. Haciendo mi mayor esfuerzo giré de tal suerte que mis pies alcanzaron el suelo. Supe que estaban bajo el marco de la puerta. Enfoqué toda mi energía en alzar un poco la pierna y patear la duela. Sentí desfallecer cuando con el golpe no llegó sonido alguno. Dejé caer los pies una y otra vez mientras que una de las niñas subía al colchón, la otra rodeó la cama hasta llegar a mi lado a la altura de la cabeza. Me agité, grité y pateé con todo lo que tenía, sentí dolencias en distintas partes del cuerpo por el esfuerzo. La niña sobre la cama gateó hasta ponerse sobre mí. La otra comenzó a jugar con sus dedos en mi cabello. El terror era indescriptible, intenté gritar una vez más poniendo el estómago y los pulmones, dejando todo mi ser en el esfuerzo.

Me levanté de forma violenta balbuceando lo que pretendía ser un grito. Las 3:06 en la madrugada. En la pantalla un “¿estás?” de “laDama”. Estaba bañado en sudor, el corazón acelerado de tal forma que parecía saltaría de mi pecho. Me tomó un minuto reponerme. El silencio incomodaba mis oídos. La saludé, dejé el teléfono sobre la cama y fui al baño para refrescarme. Regresé a la cama y evité cualquier comentario sobre la pesadilla, conversamos como de costumbre. Me tomó algún tiempo el dejar atrás esa mala experiencia, las siguientes noches me encontraba volteando de manera recurrente al pasillo temiendo que pudiera escuchar su risa. Las conversaciones con "laDama" sirvieron en buena parte para dejar esa noche atrás, de nuevo ocupaba mi pensamiento.

Días después busqué otra alternativa para propiciar el encuentro, decidí pedirle su teléfono. Para esto consideré que sería mejor esperar a nuestro encuentro habitual a las tres de la mañana. Se conectó puntual como de costumbre, saludé y platicamos de nuestro día entre pensamientos al aire que lanzábamos al ciberespacio. Conversamos sobre el tiempo, ese elemento que parecía volverse agua entre mis dedos si junto a ella pasaba. Al darme cuenta de la hora eran poco más de las 3:30, no estaba dispuesto a que a las 4 me evadiera de nuevo, así que conforme lo planeado le pedí su número. Reaccionó de forma similar a cuando la invité por primera vez, pero esta vez para ella la negativa resultaba más difícil pues escuchar su voz no llevaba el compromiso o el riesgo de un encuentro en persona, además de ser el paso lógico a seguir. Aún así ofreció cierta resistencia a la nueva propuesta.

“¿Te vas a desconectar otra vez?” advertí.
“Todavía no dan las 4”
“Entonces… ¿que dices?”
de nueva cuenta dejó que transcurrieran los minutos antes de responder.
“No sé si sea buena idea”
“Dame una idea mejor, me parece que quieres quedarte en el terreno de lo virtual”
“¿Que tiene de malo lo virtual?”
respondió retadora y dejando clara su postura.“Nada, si lo que quieres es que sea otro de tus contactos, ¿es así?”

El viento golpeó mi ventana, escuché las copas de los árboles agitarse de manera repentina, las hojas secas siendo arrastradas sobre el asfalto. Percibí el vaivén violento de las ramas y ventanas azotarse a lo lejos. Inquieto volteé al interior del departamento, como era de esperarse la oscuridad solo me permitió intuir el pasillo y la estancia. La luz del teléfono móvil me sacó de ese trance. Intenté empujarla, facilitar su decisión, por supuesto cuidando que fuera afirmativa.

“No, no es así, ya deberías saber que no eres otro de mis contactos”
“Mira, no pasa nada, me das tu número, conversamos y si algo no te gusta regresamos a nuestra perfecta y funcional relación de 3 a 4 de la mañana”
no conocía su rostro, pero la imaginé sonreír.
“Hay muchas cosas que no sabes de mi” respondió después de unos segundos.
“¿Y que crees que pretendo con esto? Además también hay muchas que tú no conoces de mi” agregué, difícil refutar argumentos tan precisos.
“….mmm, ok, pero con una condición”
“¿Y qué condición es esa?”
pregunté curioso.
“Yo te llamo”
“Ok, me parece justo”


Le di mi número telefónico. El viento se calmó, a pesar de que faltaban un par de horas para que amaneciera dormí como hace mucho no lo hacía. Era el primer paso, en ese entonces no tenía como saberlo pero debí haber tenido cuidado con lo que deseaba, pues se volvería realidad.

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"Le aseguré que no estaba sola, aún sin saber nada de ella."

Nunca me ha sido fácil escribir, no lo fue cuando empecé ni ahora que lo hago con mayor frecuencia. En ocasiones tengo ideas que no consigo madurar, semillas de relatos que no germinan.

Ante mis propias limitaciones hace un año encontré una excelente alternativa en Twitter. Por las características del servicio me ha sido posible arrojar una gran cantidad de semillas. Algunas tienen su encanto por si solas, otras se han convertido en relatos y aunque existe una gran cantidad que no encontrarán eco no dejan de ser parte de mi.

Con el paso del tiempo aproveché para difundir mis textos. Comencé a seguir a personas que encontré interesantes y de igual forma algunos comenzaron a seguirme, quiero pensar que por los mismos motivos. A pesar de lo enriquecedor y valioso que ha sido arrojar esas semillas sigo con la inquietud de escribir un texto más ambicioso. He conseguido publicar relatos cortos y una que otra reflexión. Sin embargo he tenido problemas para aproximarme a la novela.

En ese proceso de autoconocimiento descubrí que me es más fácil escribir en las noches, siendo más concreto en las madrugadas. Algo flota en el ambiente, la ausencia de luz, el aire fresco de la noche y los peculiares sonidos nocturnos que no son posibles percibir en otro momento del día.

El adquirir la costumbre de dormir poco fue casi circunstancial. Es un hábito que arrastro desde los 19 años cuando trabajé como proyeccionista en un cine. Tenía el turno de cierre y pasaba las madrugadas armando y desarmando películas. Era necesario hacer una proyección de prueba para revisar el armado y evitar cualquier eventualidad. Las primeras semanas tiene su encanto. Fue una experiencia interesante el tener a mi disposición una sala de cine para 400 personas y poder ver las películas días antes de su fecha de estreno, pero como todo, acaba por perder la novedad. El peculiar horario de trabajo y el cansancio provocaron que me quedara dormido recostado a lo largo de las butacas en más de una ocasión, despertando con los créditos al finalizar la proyección. Fue un año con esa rutina pero al renunciar no conseguí regularizar el sueño.

Con el tiempo iría recortando de manera paulatina mis horas de sueño. Solía estar despierto a las 2 de la mañana aun cuando no consiguiera escribir. Pasaba el tiempo en Internet, pendiente de las actualizaciones de las personas que sigo en Twitter, revisando sitios de noticias, escuchando música o bien con la televisión encendida solo para hacer compañía. Las consecuencias no tardarían en reflejarse.

Sin darme cuenta se fue modificando mi reloj biológico, se hizo más frecuente el estar despierto en la madrugada. En un principio repercutió en mi rendimiento en el trabajo, comencé a llegar tarde, mi iniciativa en lo laboral se fue apagando hasta ser casi nula. Poco después afectó el resto de mis actividades, ausente donde fuera que estuviera. Cada vez tenía menos horas para soñar. Compensé esta carencia soñando despierto, lo cual no me era desconocido.

Los desvelos no vinieron sin sus recompensas. Conseguí escribir una serie de textos que, aunque no me dejaban plenamente satisfecho, parecían ser bien recibidos por extraños y conocidos. Día y noche me encontraba leyendo o en constante búsqueda de fuentes que me brindaran motivos y pretextos para escribir, me fue absorbiendo por completo y por supuesto, fue entonces que llegó ella.

Por las fechas en las que la conocí a mis problemas de sueño se sumaron las altas temperaturas y los mosquitos. Despertaba durante la noche intentando deshacerme de los diminutos insectos que se empeñaban en mantenerme despierto. Encendía la luz para buscarlos en el muro y el techo. No siempre tenia éxito en darles fin y cuando lo conseguía otro más sustituía al anterior.

Curiosamente esa noche pude dormir sin dificultad. Era la media noche, buena hora para mis estándares de 1:30 o 2 a.m. Justo al comenzar la hora de los espíritus, a las 3:07 de la mañana, desperté sin motivo aparente. Tomé mi teléfono móvil para ver la hora y por costumbre ingresé a mi cuenta de Twitter. Una serie de mensajes de alguien con el nombre de "laDama" llamaron poderosamente mi atención:

"Sola"
"Alguna vez dije que es diferente estar sola a sentirse sola....me siento sola"
"A veces eres como un fantasma, algo intangible, que no es real, que no está ahí, no existes, no estás..."
"No quiero extrañarte como te extraño, no como lo hago ahora."


Algo en sus letras me llegó muy dentro, o quizá era yo quien necesitaba hablar con alguien.

"¿Estás bien?"-comenté. Ella respondió de manera directa. "Sola, me siento sola. Dormía y desperté pensando en eso" Al leerla terminé de despertar. "Y tu pensamiento tiene tal fuerza que me despertaste, ¿qué es lo que pasa?"

Platicó sobre su sentir en ese momento, sobre una lluvia de emociones que se debatían dentro de ella pero que todas la llevaban al mismo sitio: a la soledad. Sin saber quien era me aventuré a decirle que sabía que tenía buenos amigos, personas que se preocupaban por su bienestar. Le aseguré que no estaba sola, aún sin saber nada de ella.

Tendido en la cama la luz del celular era lo único que evitaba la completa oscuridad. Conversamos cerca de una hora, me confesó sus miedos y aunque quería contarle los mios me limité a escucharla. Así transcurrió la madrugada, conversando con ella en completo silencio. Era como si la conociera de tiempo atrás. El encanto del momento terminó cuando se despidió de forma repentina.

"A dormir si no luego no despierto...es la parte fea de soñar, tener que despertar." No lo sé de cierto pero la sentí de mejor humor al despedirnos, en punto de las 4 de la mañana. Todavía me quedaba una hora y media para dormir.

Tenía mucho sin que alguien fuera mi último pensamiento antes de dormir y el primero al despertar. Estaba lejos de imaginar lo que se derivaría de ese encuentro.

A partir de esa noche la encontré con frecuencia durante el día, nos saludábamos con naturalidad, pero las conversaciones en las que nos descubríamos, en donde profundizábamos en quiénes eramos siempre tuvieron lugar en la madrugada, precisamente a la hora de los espíritus.


Por si no tienen nada mejor que hacer mientras llega la siguiente entrada:

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Percibo sobre mí una sombra borrosa. Mis sentidos están nublados y no me refiero solo a la vista. Los sonidos se escuchan como si estuviera debajo del agua, hay un penetrante olor a sangre y mi cuerpo se ha vuelto insensible. Ya no hay dolor.

La silueta de un hombre examina mi cuerpo, intuyo un daño grave, gravísimo. Siento alivio al descubrir a un doctor intentando ayudar, me mira curioso, como si no supiera por donde comenzar. Me abandono confiando estar en buenas manos.

Hay una sensación rara cuando toma mi brazo izquierdo para examinarlo, lo levanta y pareciera no tener forma, siento un nudo en el estómago al descubrirlo desprendido. Toma mi brazo con firmeza y lo gira, puedo verlo tomar notas en una libreta. Se siente muy extraño cuando sus manos van a mi estómago, siento que remueve mis entrañas. Por instinto quiero protestar pero mi cuerpo no escucha a mi cerebro.

El sentimiento de angustia me invade de manera repentina, intento hablar pero no consigo hacerlo, mi voz se ahoga dentro. Un sudor frío recorre mi cuerpo. Mi mundo se derrumba cuando compruebo que no descanso sobre una cama de hospital, sino sobre una plancha de cemento.

-Llegó otro.
-Ya no hay espacio.
-¿Te lo dejo en el piso?


Hay un silencio por unos segundos

-Ponlo junto a éste.

No puedo levantar la cabeza, pero siento que el hombre va por el sujeto que recién llega.

-¿Es de la misma balacera?
-Parece que sí. Lo llevaban al hospital pero se le cerraron a la ambulancia y le dieron piso ahí mismo.
-¿Y los paramédicos?
-Siendo aténdidos por crisis nerviosa.
-Sale pues, ahorita lo reviso.


Hay silencio, no consigo ver lo que sucede. Unos minutos después percibo movimiento y veo al doctor cargando el cuerpo para ponerlo en la misma plancha en la que estoy. Se retira susurrando un "pendejos" que dada mi condición me tengo que morder el orgullo.

Pasan así varios minutos que parecen una eternidad. Sin un solo ruido mirando el techo de la habitación. Ya memoricé las grietas. Una voz me devuelve de mis pensamientos.

-Eso te pasa por dedo.

Reconozco esa voz. Junto a mi estaba el cuerpo de "la Torta", un narcomenudista de poca monta quien pese a ser de los eslabones más bajos de la cadena me puso en la situación en la que estoy ahora.

-¡Hijo de la chingada! ¡Me jugaste chueco!
-¿Jugar chueco? Yo no era el que andaba de cariñoso con los "azulejos", andabas echando de cabeza a tu gente, no te hagas pendejo.
-¿Mi gente? Ya me traían entre ojos y bien lo sabes, no me salgas con que "mi gente".
-Pues igualito que como le andabas haciendo al "Güero", o ¿me vas a salir con que no?


Me quedo en silencio recapacitando sobre sus palabras. Me da asco pensar en que lo que tenemos en común es el no poder confiar en nadie. El hacer de la traición un modo de vida. El sacrificar la tranquilidad y el sueño por 1,000 dólares al mes.

-¿Que hay de mi familia? -Comento intentando tranquilizarme.
-Pues ve tú a saber, no se toman muy bien lo de las traiciones.
-No seas cabrón, ahí si no me metí con nadie. Eso no se hace.
-¿Y qué quieres que haga? ¡Tu gente me quebró a mí también pendejo!


Una tercera voz estalló en cólera interrumpiendo nuestra discusión.

-¿Se quieren callar la boca? ¡Ya ni chingan! ¡Yo ni la debía ni la temía! ¿Hasta dónde quieren llevar esto?

Apenas hizo una pausa para tomar aire y continuar su reclamo, su voz evidenciaba cólera y miedo. Seguramente era uno de los pobres diablos que se quedaron en el fuego cruzado.

-¡No puede ser! ¡No respetan nada ni a nadie! Ya no les importa si hay civiles, niños, agarran parejo donde sea y cuando sea. Les vale madre si hay alguien en medio...

"La Torta" y yo nos quedamos en silencio, con un sentimiento que si tuviera que clasificarlo sería algo parecido a la vergüenza. De nuevo transcurrieron varios minutos sin que ninguno se atreviera a decir nada.

Un par de horas después, escuchamos fuera de la habitación que venían a reclamar al civil. El médico ingresó nuevamente, hizo lo que pudo para ponerlo presentable pero fracasó, lo subió a una cama con ruedas y se lo llevó.

-¡Váyanse a la mierda! -Despotricó antes de dejar la habitación.

Minutos después un grito desgarrador y un llanto de verdadero dolor llenaron el edificio. Me caló hondo. Hoy lo tengo presente.

"La Torta" y yo nos quedamos en silencio ese día, el día siguiente y el que siguió a ese también. A pesar de los cuidados de los médicos nuestros cuerpos se fueron hinchando. El fétido olor se incrementaba de manera considerable cuando llegaban cuerpos de nuevos residentes. Nos comenzamos a hacer viejos en ese lugar. La desesperación se fue apoderando de ambos y el odio entre nosotros lejos de desaparecer se alimentó durante esos días hasta que terminó por consumir lo que quedaba de nuestra humanidad. Continuamos discutiendo, enlistando las culpas del otro, profiriendo maldiciones y lamentando el no contar con nuestros cuerpos para tomar acción y que actuaran en congruencia con nuestras palabras. Le hubiera arrancado los ojos, lo mataría si no estuviera muerto. Se convirtió en un castigo dantesco el permanecer juntos en ese espacio. Esperaba con ansia el día en que vinieran por mí, o al menos que se lo llevaran a él. Así transcurrieron los días.

Finalmente hubo indicios de que todo terminaría. Desconozco cuánto tiempo pasó, pero supuse el final de la pesadilla cuando nos tomaron fotos para subirlas al sitio web del Semefo para que alguien nos reconociera. Me pareció absurdo dadas las condiciones en que nos dejaron el rostro. "Ajuste de cuentas" fue la versión oficial. Jamás se sabría mi versión. No pude decir a nadie que estaba colaborando con la policía, que intenté dejar atrás esta mala vida. De alguna forma así fue.

Al menos terminaría mi penitencia, ya no tendría que seguir soportando a "la Torta", el hombre que puso fin a mi vida, con el que había pasado mis últimos días y que trascendiendo a la muerte me continuaba atormentando con sus constantes insultos, reclamos y maldiciones. Para mi mala fortuna y al no haber sido reclamados, el médico forense dio instrucciones para que nos depositaran en una fosa común, juntos. Después de todo tuvo razón. Solo fui otro pendejo más.

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Trabajo en progreso.

La música del televisor la despertó. Se encontraba en ese peculiar estado de vigilia en donde los sentidos no despiertan del todo y es difícil distinguir lo real de lo onírico. Esa noche, igual que otras tantas, se sentó en el sofá de la sala para despejarse de las actividades diarias. A los pocos minutos el cansancio y el sueño terminaron por vencerla. Despertó al terminar la película, justo al descender los créditos. Por la hora a la que comenzó calculó que serían las dos de la mañana.

Andrea permaneció recostada para ubicarse, a la película le sucedieron infomerciales. Se sentó para flexionar los brazos sobre la cabeza, miró al balcón y por la copa de los árboles percibió un viento moderado. Apoyó la cabeza sobre el hombro, bostezó y la mantuvo así un instante. Se puso en pie y con pies descalzos se acercó hasta el televisor para apagarlo, evitaba el uso del control remoto. La luz que emanaba del televisor daba tonos azules sobre su ropa interior blanca y sobre su piel. Era una mujer de figura atractiva y discreta, porte y estilo inherentes en ella.

Llevó su mano al cuello y se acercó a la ventana, el cristal estaba helado, salió al balcón, desde ese tercer piso miró a la calle una vez más y vio pasar un par de autos. No le importó salir en ropa interior, por la hora dudaba que alguien pudiera verle, además de que consideraba al balcón una extensión de su dominio. Miró la luna y las luces del alumbrado público. Necesitaba conciliar el sueño, las pastillas ya no cumplían su objetivo. Nada era igual desde que él había muerto.

Decidió tomar un baño caliente para relajar el cuerpo y con suerte emular la sensación de sueño. Mantuvo la luz apagada, retiró de su cuerpo las dos prendas que le cubrían y se introdujo bajo el tibio chorro de agua. No se demoró, a pesar de no tener sueño quería acostarse para intentar dormir. Se puso la parte inferior del bikini y se metió a la cama.

No lo conseguía, aunque por momentos dormitaba después de casi una hora permanecía despierta. Las cosas empeoraron. Poco después de las tres de la mañana las cortinas comenzaron a moverse de manera violenta, el viento golpeó la ventana helando su espíritu.

Le escuchaba silbar, era un fenómeno como nunca antes había escuchado, anticipaba tormenta. Alcanzaba todo cuanto existe, se desplazaba por las calles, sobre el pavimento arrastrando lo que encontrara a su paso. Resultaba terrible el sonido de las hojas secas danzando sobre el asfalto. No menos violento era el movimiento de las copas de los árboles, la similitud que tenía con la marea estrellándose en los arrecifes era perturbadora. Las sensaciones al oído resultaban aun más terribles que la oscuridad de la noche que la cobijaba.

Andrea llevó una mano a la entrepierna y se encogió bajo las sabanas. Estaba inquieta, su corazón latía con tal intensidad que parecía que se le saldría del pecho. En el ambiente percibía una presencia casi tangible. El miedo la asaltó de manera repentina. Volteó sobre el hombro para comprobar que no había nadie detrás de ella, se recostó nuevamente sobre su brazo derecho y clavó su mirada en la ventana. El viento se mantuvo con esa intensidad varios minutos, a Andrea le parecieron una eternidad. Cuando hubo silencio al fin se sintió aun más nerviosa, la calma resultaba incómoda.

Retiró las cobijas despacio y se levantó de la cama. Su piel se erizó reaccionando al frío del ambiente, una sensación similar nació en la nuca y descendió por la espalda. Se acercó a la ventana despacio, un pie delante del otro, con cautela desplazó la cortina con una de las manos para mirar por la ventana. Su corazón palpitó con fuerza, su estomago se hizo un nudo, sus ojos se desorbitaron y creyó enloquecer. El rostro desencajado de su amado le miraba pegado al otro lado del vidrio con una mueca torcida y perversa que intentaba ser sonrisa.

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Con reservas acepté la invitación, tenía pocos días en la ciudad y no tenía ánimo para socializar, sin embargo me sentí comprometido con mis anfitriones quienes en su afán por ser hospitalarios se valieron de una tenacidad asfixiante.

La organización era impecable. Etiqueta, bebida y canapés me hicieron sentir como un intruso. De manera repentina y sin aviso el salón quedó a media luz apelando a la atención de los presentes, un reducido número siguió conversando pero fueron silenciados por música electrónica que llenó el lugar. En la tarima central apareció de entre las cortinas una mujer de escultural figura que a todos robó el aliento.

Al verla salir pude apreciar esa media sonrisa, la chica anticipaba su influencia en el ánimo de los presentes. Nos miraba a todos y a ninguno. En ese caminar altivo me pareció que tenía control total de su cuerpo. El movimiento de sus brazos formaba parte de una danza, la cadera se pronunciaba al pasear sobre la tarima con una cadencia inherente a su naturaleza. Presumía un abdomen trabajado, musculoso sin dejar de ser femenino. Piernas largas y muslos gruesos. Se permitía escalas calculadas para darnos una mejor vista, alternaba el ligero peso del cuerpo en cada pierna. Tenía pleno control sobre las pausas y parecía manipular el tiempo. Su control no se limitaba a ella, se extendía hasta los ojos de los presentes. Podía dirigir las miradas de los demás a dónde ella lo quisiera, daba instrucciones con sus ojos, con su sonrisa, con una mano sobre la cadera o pronunciando distintas partes del cuerpo.

Antes de retirarse dio media vuelta como para constatar que estuviéramos al pendiente de ella, regaló una última sonrisa y dio la espalda para desaparecer detrás de las cortinas. Su presencia duró apenas unos segundos que permanecieron congelados en el tiempo. Permanecía sobre la tarima sin estar ahí.

A ella le siguieron otras siete chicas, cada una más hermosa que la anterior, eso comentaron mis anfitriones pero no estuve de acuerdo. Veinte minutos después el escenario fue abandonado por la última participante. Música lounge acompañaba las conversaciones y el intercambio de opiniones mientras los jueces evaluaban y tomaban su decisión. Mi atención no estaba en mi interlocutor sino en la música. Mi pensamiento con ella. Intentaban adivinar lo que sucedía detrás de las cortinas. Solo podía imaginarlo mientras mis ojos se mantenían pendientes y a la espera de que apareciera de nuevo.

Minutos después la voz del presentador nos recordó la marca de ropa interior femenina que hacía posible el evento, invitó a estar pendientes del catálogo y de su línea para esa temporada, entonces pidió a las chicas que salieran para anunciar a las ganadoras.

Las muchachas recorrieron la extensa tarima una vez más, un recorrido breve y sin la exclusividad que tuvieron en la ronda anterior. Una detrás de la otra y en idéntico orden en el que se presentaron. Siguiendo su número nos regalaron la mejor sonrisa. Todo se convirtió en apariencias, reflejaban una falsa seguridad. Decretaron ganadoras para el tercer y segundo lugar, detrás de su aparente felicidad la hipocresía y la envidia.

Frente a trescientas personas permanecía la nueva reina y cinco perdedoras. Busqué la mirada de la de la izquierda. Ella quería verse con la corona, yo solo quería verla feliz. Finalmente el anuncio.

Nadie puso atención en el desencanto encarnado en mujer, en dos luceros hermosos derrotados, en el dolor de los pies calzando zapatillas que contrastaban con las diminutas prendas ceñidas al cuerpo. Una lluvia de confetti celebraba su derrota. De manera casi instantánea se protegió del mundo con una sonrisa de concurso.

De no haber estado distraidos con la ganadora, la gente lo habría notado.

José Francisco Dávila



La octava.

Ahora que es el fin
y ya todos las vieron
de perfil y de frente
in pectore y al dorso
en tules y de largo
no pueden caber dudas
la reina es la más linda

ah si/ pero la octava
la octava de la izquierda
tampoco caben dudas
ésa es la cautivante
sus dos centímetros de menos
sus seis centímetros de más
como decía el viejo nietzsche
la hacen humana
demasiado humana

la reina es la más linda
pero la octava de la izquierda
es la más seductora

quién podrá resistirse
a sus labios en pena
sus ojos de vencida
su tristeza en bikini.


Mario Benedetti




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Este es el resultado de mi primer intento por editar un texto propio. Ahora me enfrento a una disyuntiva pues me doy cuenta que será difícil quedar satisfecho. Cada vez que lo leo encuentro una mejor palabra, nuevas combinaciones para estructurar ideas, puntos y comas que faltan o sobran.

El texto original lo pueden encontrar en este mismo blog No volverá a suceder



No volverá a suceder


En la taberna de Asad no había cabida para el orden natural, ignorando al Sol y la Luna las noches empezaban temprano y terminaban tarde. No siempre fue así, al principio fue un lugar discreto que recibía a viajeros que se dirigían o volvían de Zamora, capital del comercio en Occidente. En sus primeros años el éxito de la taberna radicó en su ubicación, se encontraba a las afueras de la ciudad en el que pocos se aventuraban a pasar la noche, no en vano se le conocía como “la ciudad de la maldad”. Al poco tiempo la taberna se convirtió en consecuencia de su entorno. Su principal clientela la conformaban ladrones, asesinos y mercenarios. Se permitieron y fomentaron los excesos que de vez en vez resultaban en pleitos en los que las diferencias se resolvían con la muerte del menos diestro o de quién llevaba el peor acero.

Los rayos del Sol alcanzaban una pared de la habitación, resaltaban el mal estado en el que se encontraba la madera, para ella era desagradable a la vista y a los sentidos. La humedad trasminaba sus huesos.

Al pasar la lengua por detrás de los labios saboreó su propia sangre, tenía cuatro días que no probaba ese sabor. Le tomo un par de minutos ubicarse, se sentía aturdida, la bebida provocaba estragos en su cabeza, afectaba sentidos, percepción y equilibrio.

Intentó incorporarse apoyándose en el codo, percibiendo el suelo extendió la mano para alcanzar la cama, el dolor se hizo presente en distintas partes del cuerpo, acentuándose en los muslos y brazos, con dificultad se puso de pie con ayuda de la cama, el intenso dolor la hizo sentarse en ella. Se tomó un par de minutos para despejarse, no podía recordar lo sucedido, el cuerpo molido a golpes no se lo permitía. Pasó una mano sobre su ojo para evaluar el daño, lo comprobó inflamado. Con el dedo índice hizo lo propio encontrando sangre seca bajo la nariz y en la comisura de los labios. Con ambas manos sobre la cama y su vista perdida, descubrió en el piso una botella de vino, tres tarros y sus prendas hechas jirones, testigos mudos de lo que había ocurrido la noche anterior.

Recordó la noche en que juró que no sucedería de nuevo, jamás le creyó a Asad cuando éste, sosteniendo sus manos, le dijo que no permitiría que otro cliente la golpeara de nuevo, con ver sus ojos ella sabía que mentía, su única preocupación era que sus muchachas no tuvieran moretones visibles que pudieran desagradar a los clientes. Ella lo miró a los ojos sin pronunciar palabra. Su consuelo más bien parecía una burla, ¡como si tuviera opción!

Esa noche parecía tan lejana. El dolor en su cuerpo la devolvió al presente cuando se puso de pie, avanzó dos pasos con dificultad, con lentitud se inclinó para levantar la fina cadena que en la noche anterior descansaba sobre su cadera y que en la parte delantera una breve tela con transparencia sugería lo que debería cubrir. Se puso de nueva cuenta la ornamenta, mientras la cerraba sobre la cadera recorrió el cuarto con la mirada, descubrió un baúl volteado, los cojines que adornaban la cama se encontraban en el suelo, en ese momento recordó haber escondido la daga dentro de uno la noche anterior.

Con firmeza, Asad tomó su mano y la guió por el pasillo, bajaron las escaleras para llevarla a una de las mesas frente a la cocina, la invitó a sentarse y con una sonrisa desapareció detrás de la puerta.
A los pocos minutos salió con un tarro de cerveza, pan y queso, lo puso frente a ella y se sentó a su lado sin dejar de mirarla. Ella clavó la mirada en el plato, volteo a verlo. Él alternaba su vista de los pechos de la joven a la cara. Después de un silencio incomodo tomó el pan llevándoselo a la boca. Su dueño le acarició la mejilla, acercó el tarro invitándola a beber. No era fácil que pudieran comer queso. El hambre terminó de vencer su orgullo, comió con la ansiedad de un mendigo. Ignoró la mano sobre la pierna, no le importó sentir ese toque áspero y sucio en el muslo. No volteó ni siquiera cuando alcanzó su entrepierna. Esa noche le hizo compartir la cama.

Con una rodilla en la cama la muchacha alcanzó el cojín en el extremo opuesto, aturdida no entendía por qué no pudo defenderse, no recordaba si lo intentó siquiera. Al palpar la fina tela de oriente recordó una noche distinta a la que acababa de sobrevivir, sintió la dureza del objeto oculto, introdujo la mano y tomó la daga, la sujetó con tal fuerza que su puño se tornó blanco.

Una y otra vez se cuestionó por qué lo permitió, cómo es que sucedió de nuevo. Permaneció hincada en la cama sin encontrar respuestas. En un intento por despejar su mente abandonó la habitación. Ayudándose de la pared recorrió el pasillo hasta las escaleras. Cada escalón que descendía aumentaba el impulso de llorar, se sentía sola. No había nadie despierto aún. Quería comer algo pero tenia el estómago revuelto. Con el peso de su cuerpo abrió las puertas que ocultaban de los clientes las condiciones en las que se encontraba la cocina. Al interior torres de platos sucios permanecían a la espera de que las mismas bailarinas los lavaran por la mañana. Sobre la plancha se encontraban restos de animales muertos, la sangre escurría llenando baldes y agrediendo al olfato de la muchacha. Al otro lado se escuchaba el movimiento de las gallinas dentro de las jaulas. Se acercó a la olla más grande esperando encontrar sobras de algún platillo. Era enorme, dentro de ella cabían dos personas sin dificultad. Lo sabía pues le había visto utilizarla metiendo a dos chicas en ella para su diversión. Despedía un olor fétido que avivó su nausea. Se llevó una mano a la boca intentando contener las arcadas y abandonó ese lugar.

Al salir encontró las mesas y sillas dónde a cambio de hospedaje y comida servía bebidas cada noche. Por unas monedas se veía obligada a llenar los tarros de los clientes desde cinco años atrás. Con ambos puños se apoyó en una de las mesas. En su mente esos rostros grotescos, las burlas, las carcajadas, los abusos y los excesos. Era frecuente el cliente que creía que, al ser atendido por la muchacha, tenía licencia para otro tipo de libertades con ella. Libertades que por el precio adecuado, Asad concedía. Si traían dinero consigo el tabernero les permitía cualquier cosa, incluyendo pasar la noche en compañía. Si estaban ebrios, si eran ladrones o asesinos, todo era secundario.

A punto de quebrarse recordó su promesa de no volver a derramar una lágrima. Mirando hacia la barra casi podía ver a Asad detrás de ella, con esa sonrisa cínica, riendo a carcajadas, aprovechando cualquier oportunidad para tocar sus nalgas y asignando tareas que de vez en vez la hacían pisotear su dignidad.
Subió las escaleras, caminó por el pasillo hasta la puerta del fondo, con ese peculiar andar consecuencia de su voluptuosa figura. Parecía haber olvidado el dolor, se detuvo unos segundos frente a la puerta, con delicadeza tocó pero no escuchó sonido alguno, insistió con mayor fuerza. Por respuesta una maldición al otro lado de la puerta. El sonido de pasos, del cerrojo desplazarse. Un temeroso Asad entreabrió la puerta y la atrancó con su pesada humanidad. Al encontrar a la mujer casi desnuda el temor en su rostro fue sustituido por una viciosa sonrisa. No le sorprendió el ojo hinchado, ni la sangre en nariz y boca, ni los moretones, rasguños y mordidas en brazos y piernas. Desde que recibió la plata de ese hombre y les vio subir las escaleras, sabía que le darían otra golpiza.

La hizo pasar, ella mantuvo sus brazos abajo. La recibió desnudo, tomándola de un brazo la atrajo hacia él para abrazarla. La muchacha pudo sentir su voluminoso estómago contra ella, su cuerpo lleno de pelo. La enorme mano de Asad tomó la suya y la guió hacia la cama. Ella lo siguió dócil, la otra mano detrás apenas sobre sus nalgas, su puño sujetaba la daga con tal fuerza que se tornó blanco.

Mientras el hombre acariciaba su mejilla escuchó su rasposa voz -"No volverá a suceder". Esta vez ella sabía que era verdad...


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No era la primera vez que la veía pero si la primera en que la miró con otros ojos. Había encontrado en ella algo que no había visto en ningún otro ser, le pareció parte de un sueño, su sonrisa y ese brillo en los ojos que irradiaban una frescura que la apartaba del resto.

Se desplazaba por la alameda llevando una bolsa de mano, curioseaba en cada puesto y su carácter contagiaba a todo aquel con quien hablaba. Él la miraba atento, la seguía a distancia, la vio tomar unas manzanas, examinarlas y meterlas en la bolsa de mano, pagó con una amplia sonrisa y agradeció sincera al comerciante quien había renunciado a su parca expresión al atenderla, el hombre mantuvo la sonrisa con el siguiente cliente. Ella estuvo una hora más en la plaza para satisfacer su vanidad de mujer, se probó toda clase de ornamentas al cuello, en sus brazos y muñecas, collares, pulseras, brazaletes. Se veía hermosa con cualquiera.

A la distancia y procurando no ser descubierto puso especial atención en cada uno de los objetos que llamaban la atención de la joven. Le sorprendió ver que al final no se llevara ninguno. Sin pensarlo la siguió cuando abandonó el mercado, estaba como en un trance. Algunas personas se percataron de su paso por el mercado, pero nadie reparó en que en estaba siguiendo a la muchacha.

La siguió por la calle empedrada, ella mantenía su sonrisa aún cuando nadie la veía, al menos eso creía. Su frescura ante la vida se reflejaba en su caminar, la falda seguía el movimiento de sus caderas como en una danza involuntaria. Tuvo cuidado en no acercarse demasiado para no ser descubierto, estaba decidido a averiguar donde vivía.

A pesar de la cautela con la que se desplazaba no podía evitar el sonido de las hojas secas a su paso, intentando disimular silbó con suavidad, le pareció verla sonreír al escucharlo. Puso mayor distancia de por medio, se mantuvo tan alejado como le fue posible. Sentía un nudo cada vez que doblaba la esquina por temor a perderla, entonces apuraba el paso temiendo no encontrarla en la siguiente vuelta. No entendía cómo es que una criatura como ella podía estar sola. Después de unos minutos ella se detuvo frente a un robusto portón de madera, sin parpadear comprobó que era su casa cuando abrió la puerta ella misma. La vio entrar y sintió el impulso de correr detrás de ella, se dirigió al portón pero antes de que pudiera hacer algo la pesada puerta de madera se cerró dejándo una sensación de vacío. Valentonado al no tenerla enfrente se acercó y de manera tímida golpeó la puerta, se mantuvo unos segundos en ese sitio, golpeó con mayor fuerza y al no obtener respuesta insistió en las ventanas. La buscó detrás de las cortinas, se maldijo por no atreverse a abordarla cuando pudo hacerlo y blasfemando a un ser superior se retiró golpeando todo lo que cruzara su camino.

Molesto consigo mismo pasó el resto de la tarde a la orilla del mar, se paseó por la playa jugando con la fina arena, recogía cosas que encontraba tiradas buscando distraerse, las arrastraba algunos metros. Acudió a su amigo el mar buscando consejo, éste le escuchó todo lo necesario, a pesar de no recibir una respuesta concreta obtenía justo lo que necesitaba, consuelo y ser escuchado por alguien. Horas más tarde se dirigió a los acantilados, disfrutaba ese momento, era un espacio en el que podía estar solo, era ahí donde a través de los años había reflexionado sobre una infinidad de temas. El mar y la arena hicieron lo propio, fueron apacigüando su ánimo. Junto con la luz del día su pesar fue desapareciendo de manera paulatina, solo pensaba en ella, en verla de nuevo. Al marcharse el Sol le escuchó y reconfortó la Luna, se quedó con ella hasta pasada la media noche, fue entonces que lo tuvo muy claro.

Se armó de valor y regresó a las calles dispuesto a verla de nuevo, recorrió la ciudad sin suerte, silbando para distraerse. Se perdió cerca de una hora hasta que decidió volver a la plaza y partir de cero intentando recordar la ruta, recordar casas, postes, esquinas donde hizo pausas para no ser descubierto, pero en su memoria solo estaba el vaivén de su vestido al caminar, sus caderas sin poder disimular su feminidad, su fina cintura, su delicada espalda y sus pantorrillas que sugerían el camino a la gloria. Finalmente dobló la esquina y descubrió el mismo portón en el que la vio desaparecer horas atrás.

Se acercó en silencio y se plantó frente a la puerta, se tomó un par de minutos sin saber que hacer, cerró sus ojos, se sintió un adolescente. Sin demorarse más rodeó la casa buscando un acceso, se asomó en cada ventana sin suerte, este inconveniente solo reforzó su decisión de visitarla esa noche. Dio una vuelta más a la casa hasta descubrir aquel balcón, se concentró en las cortinas y al comprobar el movimiento de las mismas descubrió la ventana estaba abierta. Subió tomando todas las precauciones para no alertar a nadie, como un ladrón ingresó a la habitación y con la Luna como cómplice descubrió la delicada figura de la joven bajo las sábanas.

Sonrió al encontrarla en un plácido y profundo sueño, se acercó a la cama y se dedicó a observarla sin prisas, era lo más bello que la naturaleza le había mostrado. Al verla con detenimiento se sintió parte de ella apreciando el movimiento suave del pecho al respirar, reflexionaba en su bondad e inocencia al comprobar su descanso tranquilo, descubría armonía y congruencia en toda ella. Se sintió culpable por estar ahí, pensó en retirarse por la misma ventana por la que entró, pero la sola idea de alejarse le provocó una sensación de vacío.

Se inclinó sobre ella y acarició su cabello con timidez, un mechón cayó sobre el rostro, con prontitud buscó acomodarlo con otra caricia, le pareció verla mover los ojos como a punto de abandonar su letargo, dudó si debía continuar. La escuchó emitir un débil gemido al acariciar su cabello, lo acomodó sobre la oreja y los párpados se abrieron para dar paso al brillo de sus ojos, fue ahí que quedó prendado de ella para siempre.

Sin abandonar del todo su sueño, se sintió extrañada por esa repentina caricia, abrió los ojos por completo, permaneció boca arriba, sujetando con ambas manos la sábana sobre el pecho. Él sonrió y sepultando cualquier inhibición dejó su cabello para alcanzar su cuello, se subió a la cama y la cubrió toda de besos. La joven permaneció quieta, lo sentía en el cuello rodeando hasta alcanzar la nuca, un ligero hormigueo se convirtió en escalofrío, recorrió los brazos con caricias que se extendieron hasta los pechos. La piel se erizó y sin darse cuenta e ignorando el frío de la madrugada bajó las sábanas descubriéndose toda.

No podía entender lo que ocurría, seducida arqueó la espalda en un impulso violento. Llevó las manos a su propio cuello, acariciándose con la punta de los dedos, bajó despacio haciendo una escala en sus pechos, dibujaba mapas en la piel indicando el lugar preciso donde deseaba las caricias. Trazó círculos que de manera paulatina se redujeron en tamaño hasta concentrarse en sus pezones, al sentirlos y comprobarlos erectos las manos continuaron su camino descendente hacia el vientre, apenas se tocaba con los dedos pero cada roce iba cargado de electricidad.

Él obedecía y seguía las instrucciones, disfrutaba el verla entregándose, si no a él cuando menos al placer. No pudo contenerse cuando ella separó las piernas ayudándose con las manos. Abandonó su cuello para colocarse al pie de la cama, comenzó a besarla entre las piernas, a los besos se sumaron caricias furtivas en la cadera que continuaban en sus turgentes senos, los besos aumentaron en intensidad. Ella se valía de las piernas para indicar la pauta, apretaba un poco para retenerlo, para prolongar un beso o una caricia, se ayudaba con los pies para elevar la cadera y alternar ligeramente la orientación del cuerpo. Los tiempos y los silencios de su respiración formaron un extraño binomio que no dependía solo de ella.

Renunció a su entrepierna a cambio de la promesa de los labios, sin darle tiempo a reaccionar subió conociendo el ombligo, abdomen y pecho, soplando sobre los labios le hizo sentir una brisa refrescante que anticipaba sus besos. Ella llevó las manos a la cabecera de la cama y cerró los ojos al momento en el que sus labios se fundieron con los de él. Se sintió rebasada por las sensaciones, todo el cuerpo cubierto por una sola caricia que la cubría desde los pies hasta los hombros, le correspondió con un beso impreso con la misma pasión con la que se comportaba ese extraño. Disfrutaba la forma en que jugaba con el cabello, lo enredaba, lo revolvía, soplaba en el cuello jugueteando.

Con las manos en alto se giró hasta quedar recostada de lado, sintió las manos del visitante sobre su piel desnuda, una de ellas fue de la cadera a las piernas, la otra alcanzó un seno para después dirigirse a su bajo vientre, no se detuvo hasta sentir su humedad. De manera súbita y sin preguntar ambas manos se aferraron a la cadera, la atrajo hacia él para iniciar un vaivén que los convirtió en uno. Su mano izquierda soltó la cabecera para ir a su entrepierna, los besos se veían interrumpidos de vez en vez por esas oleadas de placer que aumentaban en intensidad, los silencios fueron desapareciendo dando paso a su respiración agitada y a sus gemidos.

Fracasaron sus esfuerzos por ser discreta, hizo un último intento por reprimir esas sensaciones que la delataban pero se dio por vencida y se abandonó a cualquier gesto o expresión que demandara su cuerpo.

El visitante se sintió en el cielo al sentirla y escucharla estallar, vio sus ojos cerrados y su boca entreabierta, cada parte del cuerpo se tensó en ese preciso instante y así se mantuvo por unos momentos hasta relajarse por completo abandonándose al terminar esa tormenta de sensaciones. Se mantuvo junto a ella por algunos minutos, descansando, disfrutando juntos del momento.

Bajó de la cama para admirarla una vez más antes de marcharse, pudo verla agotada, perlas de sudor en la piel, en el rostro confusión, no entendía que había sucedido pero conservaba la calma con la que se encontraba cuando él entró por la ventana, ahora coronada por una sonrisa de placer.

A punto de retirarse algo lo motivó a regresar, la abrazó hasta devolverla a un profundo sueño, así transcurrió la noche. La colmó de caricias hasta que el cielo cambió a tonalidades naranjas. Sabiendo que dentro de poco amanecería se puso en pie y se dirigió a la ventana, las cortinas se movieron a su paso, volteó para admirarla una vez más.

El viento sonrió, dejó la ventana abierta y prometió volver.


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