Trabajo en progreso.

La música del televisor la despertó. Se encontraba en ese peculiar estado de vigilia en donde los sentidos no despiertan del todo y es difícil distinguir lo real de lo onírico. Esa noche, igual que otras tantas, se sentó en el sofá de la sala para despejarse de las actividades diarias. A los pocos minutos el cansancio y el sueño terminaron por vencerla. Despertó al terminar la película, justo al descender los créditos. Por la hora a la que comenzó calculó que serían las dos de la mañana.

Andrea permaneció recostada para ubicarse, a la película le sucedieron infomerciales. Se sentó para flexionar los brazos sobre la cabeza, miró al balcón y por la copa de los árboles percibió un viento moderado. Apoyó la cabeza sobre el hombro, bostezó y la mantuvo así un instante. Se puso en pie y con pies descalzos se acercó hasta el televisor para apagarlo, evitaba el uso del control remoto. La luz que emanaba del televisor daba tonos azules sobre su ropa interior blanca y sobre su piel. Era una mujer de figura atractiva y discreta, porte y estilo inherentes en ella.

Llevó su mano al cuello y se acercó a la ventana, el cristal estaba helado, salió al balcón, desde ese tercer piso miró a la calle una vez más y vio pasar un par de autos. No le importó salir en ropa interior, por la hora dudaba que alguien pudiera verle, además de que consideraba al balcón una extensión de su dominio. Miró la luna y las luces del alumbrado público. Necesitaba conciliar el sueño, las pastillas ya no cumplían su objetivo. Nada era igual desde que él había muerto.

Decidió tomar un baño caliente para relajar el cuerpo y con suerte emular la sensación de sueño. Mantuvo la luz apagada, retiró de su cuerpo las dos prendas que le cubrían y se introdujo bajo el tibio chorro de agua. No se demoró, a pesar de no tener sueño quería acostarse para intentar dormir. Se puso la parte inferior del bikini y se metió a la cama.

No lo conseguía, aunque por momentos dormitaba después de casi una hora permanecía despierta. Las cosas empeoraron. Poco después de las tres de la mañana las cortinas comenzaron a moverse de manera violenta, el viento golpeó la ventana helando su espíritu.

Le escuchaba silbar, era un fenómeno como nunca antes había escuchado, anticipaba tormenta. Alcanzaba todo cuanto existe, se desplazaba por las calles, sobre el pavimento arrastrando lo que encontrara a su paso. Resultaba terrible el sonido de las hojas secas danzando sobre el asfalto. No menos violento era el movimiento de las copas de los árboles, la similitud que tenía con la marea estrellándose en los arrecifes era perturbadora. Las sensaciones al oído resultaban aun más terribles que la oscuridad de la noche que la cobijaba.

Andrea llevó una mano a la entrepierna y se encogió bajo las sabanas. Estaba inquieta, su corazón latía con tal intensidad que parecía que se le saldría del pecho. En el ambiente percibía una presencia casi tangible. El miedo la asaltó de manera repentina. Volteó sobre el hombro para comprobar que no había nadie detrás de ella, se recostó nuevamente sobre su brazo derecho y clavó su mirada en la ventana. El viento se mantuvo con esa intensidad varios minutos, a Andrea le parecieron una eternidad. Cuando hubo silencio al fin se sintió aun más nerviosa, la calma resultaba incómoda.

Retiró las cobijas despacio y se levantó de la cama. Su piel se erizó reaccionando al frío del ambiente, una sensación similar nació en la nuca y descendió por la espalda. Se acercó a la ventana despacio, un pie delante del otro, con cautela desplazó la cortina con una de las manos para mirar por la ventana. Su corazón palpitó con fuerza, su estomago se hizo un nudo, sus ojos se desorbitaron y creyó enloquecer. El rostro desencajado de su amado le miraba pegado al otro lado del vidrio con una mueca torcida y perversa que intentaba ser sonrisa.

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[Memoria]
En la comodidad de su sala sonrió, había olvidado que tenía recuerdos muy hermosos.

[Renovación]
A su espalda los ingenieros murmuraban, no se explicaban por qué el arquitecto reía histérico al ver sus construcciones derrumbándose una a una.

[Cita]
-¿Cuánto ganas?
Conteniendo las lágrimas la miró y esbozó media sonrisa, recordó una época feliz donde las chicas que tenían interés en él preguntaban por la música que le gustaba.

[Analfabeto]
A pesar de los esfuerzos de sus padres y maestros por educarle, le tomó 30 años empezar a escribir.

[Esperanza]
Le dolía el estomago de tanto reír, le llamaron loco. Se guardó para si el que fuera una darketa la que devolvió luz a su vida.

[Duda]
Esa noche se preguntó si había alguien que se preocupara por el vagabundo. Se revolvió en sus sábanas. Pasó toda la noche en vela buscando una respuesta.

[Consuelo]
Se sentó en la arena con el corazón roto, intentando llamar su atención el mar tocaba sus pies una y otra vez. Ella no lo supo ver.

[Viento]
Encontró la ventana abierta, sin pedir permiso entró a su habitación y la colmó de caricias hasta el amanecer. El viento sonrió y prometió volver.

[Miedo]
¿Y si te lo contara todo?

[Ser]
Apuró su trago, tomó el arma y de un balazo a la cabeza terminó su vida. En el monitor permanecía el mensaje "El usuario ya existe"

[Amistad]
Llorando se desahogó en su hombro, le contó sobre el chico al que creía su amigo y que quería andar con ella. Él escuchó atento y se mordió el corazón.

[Promoción]
Por fin después de 3 años recibió su promoción. No solo aumentó su sueldo, también se volvió más atractivo y agradable a los demás.

[Cabo suelto]
El sicario no podía permitir que su cómplice terminara preso, que por un error alguien lo echara de cabeza. Se vio obligado a decapitarlo.

[Brisa]
Con pies descalzos siguió esa voz que lo guió hasta llevarlo a las entrañas del bosque. Se apoyó en un árbol y en silencio esperó por ella. A lo lejos silbó con suavidad, se acercó sigilosa hasta alcanzar su cuello. Recorrió su cuerpo y le susurró al oído que era suyo para siempre.

[Remedio]
Una tragedia. Con el cuerpo hecho jirones a sus pies no sabían cómo decírselo a la familia. Ojala alguien le hubiera explicado que cuando le pidieron el diente de león para tratar su cirrosis se referían a la flor silvestre.

[Discreción]
En su afán por cerrar el trato el vendedor de autos no sospechó nada. No lo hizo cuando pagué en efectivo ni cuando pregunté cuántos cuerpos cabían en la cajuela.

[Decepción]
Al pagar pregunté a la chica de la caja si junto con los dos libros me podía vender un poco de tiempo libre para leerlos. Ella sonrió, mirándome a los ojos tomó una tarjeta, escribió en ella y me la dio. Me detuve una cuadra después para revisar, era su número telefónico.

[Perdurable]
El sabor a tierra de Costa Rica se enquistó detrás de su garganta. A diferencia de la amargura de ese grano el recuerdo no se iría con agua.

[Musa]
Pregunté qué quería de mi, sus manos tomaron las mías y me hizo crear seres a los que ella otorgó vida solo con tocarlos.

[Senda]
La arcilla bajo mis pies, gélida brisa de invierno, hojas secas suspendidas en el tiempo, descendiendo lentamente dando forma a mi camino.

[Noticia]
Los números estaban consternados, no lo creían pero la primera plana era muy clara "Matan a dos en Sinaloa".


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Creando un hábito


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Con reservas acepté la invitación, tenía pocos días en la ciudad y no tenía ánimo para socializar, sin embargo me sentí comprometido con mis anfitriones quienes en su afán por ser hospitalarios se valieron de una tenacidad asfixiante.

La organización era impecable. Etiqueta, bebida y canapés me hicieron sentir como un intruso. De manera repentina y sin aviso el salón quedó a media luz apelando a la atención de los presentes, un reducido número siguió conversando pero fueron silenciados por música electrónica que llenó el lugar. En la tarima central apareció de entre las cortinas una mujer de escultural figura que a todos robó el aliento.

Al verla salir pude apreciar esa media sonrisa, la chica anticipaba su influencia en el ánimo de los presentes. Nos miraba a todos y a ninguno. En ese caminar altivo me pareció que tenía control total de su cuerpo. El movimiento de sus brazos formaba parte de una danza, la cadera se pronunciaba al pasear sobre la tarima con una cadencia inherente a su naturaleza. Presumía un abdomen trabajado, musculoso sin dejar de ser femenino. Piernas largas y muslos gruesos. Se permitía escalas calculadas para darnos una mejor vista, alternaba el ligero peso del cuerpo en cada pierna. Tenía pleno control sobre las pausas y parecía manipular el tiempo. Su control no se limitaba a ella, se extendía hasta los ojos de los presentes. Podía dirigir las miradas de los demás a dónde ella lo quisiera, daba instrucciones con sus ojos, con su sonrisa, con una mano sobre la cadera o pronunciando distintas partes del cuerpo.

Antes de retirarse dio media vuelta como para constatar que estuviéramos al pendiente de ella, regaló una última sonrisa y dio la espalda para desaparecer detrás de las cortinas. Su presencia duró apenas unos segundos que permanecieron congelados en el tiempo. Permanecía sobre la tarima sin estar ahí.

A ella le siguieron otras siete chicas, cada una más hermosa que la anterior, eso comentaron mis anfitriones pero no estuve de acuerdo. Veinte minutos después el escenario fue abandonado por la última participante. Música lounge acompañaba las conversaciones y el intercambio de opiniones mientras los jueces evaluaban y tomaban su decisión. Mi atención no estaba en mi interlocutor sino en la música. Mi pensamiento con ella. Intentaban adivinar lo que sucedía detrás de las cortinas. Solo podía imaginarlo mientras mis ojos se mantenían pendientes y a la espera de que apareciera de nuevo.

Minutos después la voz del presentador nos recordó la marca de ropa interior femenina que hacía posible el evento, invitó a estar pendientes del catálogo y de su línea para esa temporada, entonces pidió a las chicas que salieran para anunciar a las ganadoras.

Las muchachas recorrieron la extensa tarima una vez más, un recorrido breve y sin la exclusividad que tuvieron en la ronda anterior. Una detrás de la otra y en idéntico orden en el que se presentaron. Siguiendo su número nos regalaron la mejor sonrisa. Todo se convirtió en apariencias, reflejaban una falsa seguridad. Decretaron ganadoras para el tercer y segundo lugar, detrás de su aparente felicidad la hipocresía y la envidia.

Frente a trescientas personas permanecía la nueva reina y cinco perdedoras. Busqué la mirada de la de la izquierda. Ella quería verse con la corona, yo solo quería verla feliz. Finalmente el anuncio.

Nadie puso atención en el desencanto encarnado en mujer, en dos luceros hermosos derrotados, en el dolor de los pies calzando zapatillas que contrastaban con las diminutas prendas ceñidas al cuerpo. Una lluvia de confetti celebraba su derrota. De manera casi instantánea se protegió del mundo con una sonrisa de concurso.

De no haber estado distraidos con la ganadora, la gente lo habría notado.

José Francisco Dávila



La octava.

Ahora que es el fin
y ya todos las vieron
de perfil y de frente
in pectore y al dorso
en tules y de largo
no pueden caber dudas
la reina es la más linda

ah si/ pero la octava
la octava de la izquierda
tampoco caben dudas
ésa es la cautivante
sus dos centímetros de menos
sus seis centímetros de más
como decía el viejo nietzsche
la hacen humana
demasiado humana

la reina es la más linda
pero la octava de la izquierda
es la más seductora

quién podrá resistirse
a sus labios en pena
sus ojos de vencida
su tristeza en bikini.


Mario Benedetti




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Este es el resultado de mi primer intento por editar un texto propio. Ahora me enfrento a una disyuntiva pues me doy cuenta que será difícil quedar satisfecho. Cada vez que lo leo encuentro una mejor palabra, nuevas combinaciones para estructurar ideas, puntos y comas que faltan o sobran.

El texto original lo pueden encontrar en este mismo blog No volverá a suceder



No volverá a suceder


En la taberna de Asad no había cabida para el orden natural, ignorando al Sol y la Luna las noches empezaban temprano y terminaban tarde. No siempre fue así, al principio fue un lugar discreto que recibía a viajeros que se dirigían o volvían de Zamora, capital del comercio en Occidente. En sus primeros años el éxito de la taberna radicó en su ubicación, se encontraba a las afueras de la ciudad en el que pocos se aventuraban a pasar la noche, no en vano se le conocía como “la ciudad de la maldad”. Al poco tiempo la taberna se convirtió en consecuencia de su entorno. Su principal clientela la conformaban ladrones, asesinos y mercenarios. Se permitieron y fomentaron los excesos que de vez en vez resultaban en pleitos en los que las diferencias se resolvían con la muerte del menos diestro o de quién llevaba el peor acero.

Los rayos del Sol alcanzaban una pared de la habitación, resaltaban el mal estado en el que se encontraba la madera, para ella era desagradable a la vista y a los sentidos. La humedad trasminaba sus huesos.

Al pasar la lengua por detrás de los labios saboreó su propia sangre, tenía cuatro días que no probaba ese sabor. Le tomo un par de minutos ubicarse, se sentía aturdida, la bebida provocaba estragos en su cabeza, afectaba sentidos, percepción y equilibrio.

Intentó incorporarse apoyándose en el codo, percibiendo el suelo extendió la mano para alcanzar la cama, el dolor se hizo presente en distintas partes del cuerpo, acentuándose en los muslos y brazos, con dificultad se puso de pie con ayuda de la cama, el intenso dolor la hizo sentarse en ella. Se tomó un par de minutos para despejarse, no podía recordar lo sucedido, el cuerpo molido a golpes no se lo permitía. Pasó una mano sobre su ojo para evaluar el daño, lo comprobó inflamado. Con el dedo índice hizo lo propio encontrando sangre seca bajo la nariz y en la comisura de los labios. Con ambas manos sobre la cama y su vista perdida, descubrió en el piso una botella de vino, tres tarros y sus prendas hechas jirones, testigos mudos de lo que había ocurrido la noche anterior.

Recordó la noche en que juró que no sucedería de nuevo, jamás le creyó a Asad cuando éste, sosteniendo sus manos, le dijo que no permitiría que otro cliente la golpeara de nuevo, con ver sus ojos ella sabía que mentía, su única preocupación era que sus muchachas no tuvieran moretones visibles que pudieran desagradar a los clientes. Ella lo miró a los ojos sin pronunciar palabra. Su consuelo más bien parecía una burla, ¡como si tuviera opción!

Esa noche parecía tan lejana. El dolor en su cuerpo la devolvió al presente cuando se puso de pie, avanzó dos pasos con dificultad, con lentitud se inclinó para levantar la fina cadena que en la noche anterior descansaba sobre su cadera y que en la parte delantera una breve tela con transparencia sugería lo que debería cubrir. Se puso de nueva cuenta la ornamenta, mientras la cerraba sobre la cadera recorrió el cuarto con la mirada, descubrió un baúl volteado, los cojines que adornaban la cama se encontraban en el suelo, en ese momento recordó haber escondido la daga dentro de uno la noche anterior.

Con firmeza, Asad tomó su mano y la guió por el pasillo, bajaron las escaleras para llevarla a una de las mesas frente a la cocina, la invitó a sentarse y con una sonrisa desapareció detrás de la puerta.
A los pocos minutos salió con un tarro de cerveza, pan y queso, lo puso frente a ella y se sentó a su lado sin dejar de mirarla. Ella clavó la mirada en el plato, volteo a verlo. Él alternaba su vista de los pechos de la joven a la cara. Después de un silencio incomodo tomó el pan llevándoselo a la boca. Su dueño le acarició la mejilla, acercó el tarro invitándola a beber. No era fácil que pudieran comer queso. El hambre terminó de vencer su orgullo, comió con la ansiedad de un mendigo. Ignoró la mano sobre la pierna, no le importó sentir ese toque áspero y sucio en el muslo. No volteó ni siquiera cuando alcanzó su entrepierna. Esa noche le hizo compartir la cama.

Con una rodilla en la cama la muchacha alcanzó el cojín en el extremo opuesto, aturdida no entendía por qué no pudo defenderse, no recordaba si lo intentó siquiera. Al palpar la fina tela de oriente recordó una noche distinta a la que acababa de sobrevivir, sintió la dureza del objeto oculto, introdujo la mano y tomó la daga, la sujetó con tal fuerza que su puño se tornó blanco.

Una y otra vez se cuestionó por qué lo permitió, cómo es que sucedió de nuevo. Permaneció hincada en la cama sin encontrar respuestas. En un intento por despejar su mente abandonó la habitación. Ayudándose de la pared recorrió el pasillo hasta las escaleras. Cada escalón que descendía aumentaba el impulso de llorar, se sentía sola. No había nadie despierto aún. Quería comer algo pero tenia el estómago revuelto. Con el peso de su cuerpo abrió las puertas que ocultaban de los clientes las condiciones en las que se encontraba la cocina. Al interior torres de platos sucios permanecían a la espera de que las mismas bailarinas los lavaran por la mañana. Sobre la plancha se encontraban restos de animales muertos, la sangre escurría llenando baldes y agrediendo al olfato de la muchacha. Al otro lado se escuchaba el movimiento de las gallinas dentro de las jaulas. Se acercó a la olla más grande esperando encontrar sobras de algún platillo. Era enorme, dentro de ella cabían dos personas sin dificultad. Lo sabía pues le había visto utilizarla metiendo a dos chicas en ella para su diversión. Despedía un olor fétido que avivó su nausea. Se llevó una mano a la boca intentando contener las arcadas y abandonó ese lugar.

Al salir encontró las mesas y sillas dónde a cambio de hospedaje y comida servía bebidas cada noche. Por unas monedas se veía obligada a llenar los tarros de los clientes desde cinco años atrás. Con ambos puños se apoyó en una de las mesas. En su mente esos rostros grotescos, las burlas, las carcajadas, los abusos y los excesos. Era frecuente el cliente que creía que, al ser atendido por la muchacha, tenía licencia para otro tipo de libertades con ella. Libertades que por el precio adecuado, Asad concedía. Si traían dinero consigo el tabernero les permitía cualquier cosa, incluyendo pasar la noche en compañía. Si estaban ebrios, si eran ladrones o asesinos, todo era secundario.

A punto de quebrarse recordó su promesa de no volver a derramar una lágrima. Mirando hacia la barra casi podía ver a Asad detrás de ella, con esa sonrisa cínica, riendo a carcajadas, aprovechando cualquier oportunidad para tocar sus nalgas y asignando tareas que de vez en vez la hacían pisotear su dignidad.
Subió las escaleras, caminó por el pasillo hasta la puerta del fondo, con ese peculiar andar consecuencia de su voluptuosa figura. Parecía haber olvidado el dolor, se detuvo unos segundos frente a la puerta, con delicadeza tocó pero no escuchó sonido alguno, insistió con mayor fuerza. Por respuesta una maldición al otro lado de la puerta. El sonido de pasos, del cerrojo desplazarse. Un temeroso Asad entreabrió la puerta y la atrancó con su pesada humanidad. Al encontrar a la mujer casi desnuda el temor en su rostro fue sustituido por una viciosa sonrisa. No le sorprendió el ojo hinchado, ni la sangre en nariz y boca, ni los moretones, rasguños y mordidas en brazos y piernas. Desde que recibió la plata de ese hombre y les vio subir las escaleras, sabía que le darían otra golpiza.

La hizo pasar, ella mantuvo sus brazos abajo. La recibió desnudo, tomándola de un brazo la atrajo hacia él para abrazarla. La muchacha pudo sentir su voluminoso estómago contra ella, su cuerpo lleno de pelo. La enorme mano de Asad tomó la suya y la guió hacia la cama. Ella lo siguió dócil, la otra mano detrás apenas sobre sus nalgas, su puño sujetaba la daga con tal fuerza que se tornó blanco.

Mientras el hombre acariciaba su mejilla escuchó su rasposa voz -"No volverá a suceder". Esta vez ella sabía que era verdad...


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No era la primera vez que la veía pero si la primera en que la miró con otros ojos. Había encontrado en ella algo que no había visto en ningún otro ser, le pareció parte de un sueño, su sonrisa y ese brillo en los ojos que irradiaban una frescura que la apartaba del resto.

Se desplazaba por la alameda llevando una bolsa de mano, curioseaba en cada puesto y su carácter contagiaba a todo aquel con quien hablaba. Él la miraba atento, la seguía a distancia, la vio tomar unas manzanas, examinarlas y meterlas en la bolsa de mano, pagó con una amplia sonrisa y agradeció sincera al comerciante quien había renunciado a su parca expresión al atenderla, el hombre mantuvo la sonrisa con el siguiente cliente. Ella estuvo una hora más en la plaza para satisfacer su vanidad de mujer, se probó toda clase de ornamentas al cuello, en sus brazos y muñecas, collares, pulseras, brazaletes. Se veía hermosa con cualquiera.

A la distancia y procurando no ser descubierto puso especial atención en cada uno de los objetos que llamaban la atención de la joven. Le sorprendió ver que al final no se llevara ninguno. Sin pensarlo la siguió cuando abandonó el mercado, estaba como en un trance. Algunas personas se percataron de su paso por el mercado, pero nadie reparó en que en estaba siguiendo a la muchacha.

La siguió por la calle empedrada, ella mantenía su sonrisa aún cuando nadie la veía, al menos eso creía. Su frescura ante la vida se reflejaba en su caminar, la falda seguía el movimiento de sus caderas como en una danza involuntaria. Tuvo cuidado en no acercarse demasiado para no ser descubierto, estaba decidido a averiguar donde vivía.

A pesar de la cautela con la que se desplazaba no podía evitar el sonido de las hojas secas a su paso, intentando disimular silbó con suavidad, le pareció verla sonreír al escucharlo. Puso mayor distancia de por medio, se mantuvo tan alejado como le fue posible. Sentía un nudo cada vez que doblaba la esquina por temor a perderla, entonces apuraba el paso temiendo no encontrarla en la siguiente vuelta. No entendía cómo es que una criatura como ella podía estar sola. Después de unos minutos ella se detuvo frente a un robusto portón de madera, sin parpadear comprobó que era su casa cuando abrió la puerta ella misma. La vio entrar y sintió el impulso de correr detrás de ella, se dirigió al portón pero antes de que pudiera hacer algo la pesada puerta de madera se cerró dejándo una sensación de vacío. Valentonado al no tenerla enfrente se acercó y de manera tímida golpeó la puerta, se mantuvo unos segundos en ese sitio, golpeó con mayor fuerza y al no obtener respuesta insistió en las ventanas. La buscó detrás de las cortinas, se maldijo por no atreverse a abordarla cuando pudo hacerlo y blasfemando a un ser superior se retiró golpeando todo lo que cruzara su camino.

Molesto consigo mismo pasó el resto de la tarde a la orilla del mar, se paseó por la playa jugando con la fina arena, recogía cosas que encontraba tiradas buscando distraerse, las arrastraba algunos metros. Acudió a su amigo el mar buscando consejo, éste le escuchó todo lo necesario, a pesar de no recibir una respuesta concreta obtenía justo lo que necesitaba, consuelo y ser escuchado por alguien. Horas más tarde se dirigió a los acantilados, disfrutaba ese momento, era un espacio en el que podía estar solo, era ahí donde a través de los años había reflexionado sobre una infinidad de temas. El mar y la arena hicieron lo propio, fueron apacigüando su ánimo. Junto con la luz del día su pesar fue desapareciendo de manera paulatina, solo pensaba en ella, en verla de nuevo. Al marcharse el Sol le escuchó y reconfortó la Luna, se quedó con ella hasta pasada la media noche, fue entonces que lo tuvo muy claro.

Se armó de valor y regresó a las calles dispuesto a verla de nuevo, recorrió la ciudad sin suerte, silbando para distraerse. Se perdió cerca de una hora hasta que decidió volver a la plaza y partir de cero intentando recordar la ruta, recordar casas, postes, esquinas donde hizo pausas para no ser descubierto, pero en su memoria solo estaba el vaivén de su vestido al caminar, sus caderas sin poder disimular su feminidad, su fina cintura, su delicada espalda y sus pantorrillas que sugerían el camino a la gloria. Finalmente dobló la esquina y descubrió el mismo portón en el que la vio desaparecer horas atrás.

Se acercó en silencio y se plantó frente a la puerta, se tomó un par de minutos sin saber que hacer, cerró sus ojos, se sintió un adolescente. Sin demorarse más rodeó la casa buscando un acceso, se asomó en cada ventana sin suerte, este inconveniente solo reforzó su decisión de visitarla esa noche. Dio una vuelta más a la casa hasta descubrir aquel balcón, se concentró en las cortinas y al comprobar el movimiento de las mismas descubrió la ventana estaba abierta. Subió tomando todas las precauciones para no alertar a nadie, como un ladrón ingresó a la habitación y con la Luna como cómplice descubrió la delicada figura de la joven bajo las sábanas.

Sonrió al encontrarla en un plácido y profundo sueño, se acercó a la cama y se dedicó a observarla sin prisas, era lo más bello que la naturaleza le había mostrado. Al verla con detenimiento se sintió parte de ella apreciando el movimiento suave del pecho al respirar, reflexionaba en su bondad e inocencia al comprobar su descanso tranquilo, descubría armonía y congruencia en toda ella. Se sintió culpable por estar ahí, pensó en retirarse por la misma ventana por la que entró, pero la sola idea de alejarse le provocó una sensación de vacío.

Se inclinó sobre ella y acarició su cabello con timidez, un mechón cayó sobre el rostro, con prontitud buscó acomodarlo con otra caricia, le pareció verla mover los ojos como a punto de abandonar su letargo, dudó si debía continuar. La escuchó emitir un débil gemido al acariciar su cabello, lo acomodó sobre la oreja y los párpados se abrieron para dar paso al brillo de sus ojos, fue ahí que quedó prendado de ella para siempre.

Sin abandonar del todo su sueño, se sintió extrañada por esa repentina caricia, abrió los ojos por completo, permaneció boca arriba, sujetando con ambas manos la sábana sobre el pecho. Él sonrió y sepultando cualquier inhibición dejó su cabello para alcanzar su cuello, se subió a la cama y la cubrió toda de besos. La joven permaneció quieta, lo sentía en el cuello rodeando hasta alcanzar la nuca, un ligero hormigueo se convirtió en escalofrío, recorrió los brazos con caricias que se extendieron hasta los pechos. La piel se erizó y sin darse cuenta e ignorando el frío de la madrugada bajó las sábanas descubriéndose toda.

No podía entender lo que ocurría, seducida arqueó la espalda en un impulso violento. Llevó las manos a su propio cuello, acariciándose con la punta de los dedos, bajó despacio haciendo una escala en sus pechos, dibujaba mapas en la piel indicando el lugar preciso donde deseaba las caricias. Trazó círculos que de manera paulatina se redujeron en tamaño hasta concentrarse en sus pezones, al sentirlos y comprobarlos erectos las manos continuaron su camino descendente hacia el vientre, apenas se tocaba con los dedos pero cada roce iba cargado de electricidad.

Él obedecía y seguía las instrucciones, disfrutaba el verla entregándose, si no a él cuando menos al placer. No pudo contenerse cuando ella separó las piernas ayudándose con las manos. Abandonó su cuello para colocarse al pie de la cama, comenzó a besarla entre las piernas, a los besos se sumaron caricias furtivas en la cadera que continuaban en sus turgentes senos, los besos aumentaron en intensidad. Ella se valía de las piernas para indicar la pauta, apretaba un poco para retenerlo, para prolongar un beso o una caricia, se ayudaba con los pies para elevar la cadera y alternar ligeramente la orientación del cuerpo. Los tiempos y los silencios de su respiración formaron un extraño binomio que no dependía solo de ella.

Renunció a su entrepierna a cambio de la promesa de los labios, sin darle tiempo a reaccionar subió conociendo el ombligo, abdomen y pecho, soplando sobre los labios le hizo sentir una brisa refrescante que anticipaba sus besos. Ella llevó las manos a la cabecera de la cama y cerró los ojos al momento en el que sus labios se fundieron con los de él. Se sintió rebasada por las sensaciones, todo el cuerpo cubierto por una sola caricia que la cubría desde los pies hasta los hombros, le correspondió con un beso impreso con la misma pasión con la que se comportaba ese extraño. Disfrutaba la forma en que jugaba con el cabello, lo enredaba, lo revolvía, soplaba en el cuello jugueteando.

Con las manos en alto se giró hasta quedar recostada de lado, sintió las manos del visitante sobre su piel desnuda, una de ellas fue de la cadera a las piernas, la otra alcanzó un seno para después dirigirse a su bajo vientre, no se detuvo hasta sentir su humedad. De manera súbita y sin preguntar ambas manos se aferraron a la cadera, la atrajo hacia él para iniciar un vaivén que los convirtió en uno. Su mano izquierda soltó la cabecera para ir a su entrepierna, los besos se veían interrumpidos de vez en vez por esas oleadas de placer que aumentaban en intensidad, los silencios fueron desapareciendo dando paso a su respiración agitada y a sus gemidos.

Fracasaron sus esfuerzos por ser discreta, hizo un último intento por reprimir esas sensaciones que la delataban pero se dio por vencida y se abandonó a cualquier gesto o expresión que demandara su cuerpo.

El visitante se sintió en el cielo al sentirla y escucharla estallar, vio sus ojos cerrados y su boca entreabierta, cada parte del cuerpo se tensó en ese preciso instante y así se mantuvo por unos momentos hasta relajarse por completo abandonándose al terminar esa tormenta de sensaciones. Se mantuvo junto a ella por algunos minutos, descansando, disfrutando juntos del momento.

Bajó de la cama para admirarla una vez más antes de marcharse, pudo verla agotada, perlas de sudor en la piel, en el rostro confusión, no entendía que había sucedido pero conservaba la calma con la que se encontraba cuando él entró por la ventana, ahora coronada por una sonrisa de placer.

A punto de retirarse algo lo motivó a regresar, la abrazó hasta devolverla a un profundo sueño, así transcurrió la noche. La colmó de caricias hasta que el cielo cambió a tonalidades naranjas. Sabiendo que dentro de poco amanecería se puso en pie y se dirigió a la ventana, las cortinas se movieron a su paso, volteó para admirarla una vez más.

El viento sonrió, dejó la ventana abierta y prometió volver.


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'El visitante' by José Francisco Dávila is licensed under a Creative Commons Atribución-No comercial-No Derivadas 2.5 México License.
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Había guardado las llaves en el bolsillo opuesto, le costó trabajo sacarlas pues llevaba una pesada maleta colgada al hombro que le entorpecía, al abrir la puerta de cristal pegó un vistazo al absurdo letrero "Por su seguridad cierre con llabe", lo ignoró y se dio por satisfecho con cerrar. Subió cuatro pisos por las escaleras, el edificio tendría al menos 50 años de haber sido construido y los peldaños eran grandes, le recordaban las pirámides de Teotihuacan aunque sabía lo exagerado de su comparación.

El departamento se encontraba en penumbras, esta vez no por la forma en que lo mantenía a oscuras teniendo las cortinas cerradas, sino por la hora del día, entró a su habitación solo para dejar su laptop, se quitó la chamarra aventándola sobre su cama y se dirigió a la sala donde pasaba sus ratos libres. Encendió el televisor y luego la consola de juegos de video, se instaló en el sillón más cómodo, mientras esperaba a que cargara el disco su espera se vio interrumpida por el sonido seco de una maceta al estrellarse contra el pavimento, él no se movió del sofá.

Casi de manera instantánea sonó el teléfono, sin prisas alcanzó la bocina
-¿Hola?
-¿Dónde está tu hermano?-lo interrumpió su abuela, reconoció la voz de inmediato
-N...no sé, ¿por? -la sexagenaria le había transmitido la angustia por el auricular
-¡Se acaban de matar aquí enfrente! ¡ahí donde está tu hermano!
Un escalofrío recorrió su columna, sin pensar colgó, tomó las llaves, azotó la puerta al salir y a tropezones bajó las escaleras.

Salió como alma que lleva el diablo hasta llegar a la calle, tenía el estómago hecho un nudo, dobló la esquina y de inmediato lo pudo ver, la cortina metálica de la tintorería tenía una salpicadura que surgía del piso y se expandía en abanico hasta terminar en la parte más alta, un mancha similar sugería un círculo en la acera, un metro más adelante estaba el cuerpo tendido abajo de la banqueta, invadiendo el carril izquierdo de los autos.

El ambiente era tan pesado que le dificultaba respirar, apenas dio un vistazo alrededor pero se percató de que solo se encontraban el cuerpo de esa persona y él. No podía ser su hermano, intentaba convencerse mientras se acercaba y buscaba algo que le permitiera comprobarlo y despejar sus dudas. Descubrió manchas de sangre negra y pedazos de cráneo que tuvo que evitar para acercarse aun más. Con angustia y miedo le buscaba el rostro, hubo un instante en el que no le importaba quien fuera, solo quería comprobar que no fuera su hermano.

Tuvo sentimientos encontrados al distinguir el cuerpo de una mujer, sintió alivio al descartar lo que más temía, pero fue entonces que la situación adquirió su justa dimensión. De manera repentina se encontraba en un estado de vigilia, algo lo empujó a acercarse aún más, se encontraba como en un trance.

Fue dejando en cada paso la persona que era, solo quedaron sus raíces, fue cambiando de piel hasta desnudarse por completo y tener el cadáver de esa mujer delante suyo, descubrió su cabello revuelto, pegajoso, ocultaba el rostro de la mujer, se sintió agotado, pudo percibir a alguien más en ese momento, a una tercera presencia, era una mujer que no se encontraba ahí de manera física, pero permanecía en la atmósfera. Se sintió atrapado entre las dos y así transcurrieron segundos que parecieron minutos enteros.

Sintió el toque helado de un dedo en su frente, un escalofrío recorrió su cuerpo y erizo su piel, de manera repentina pudo darse cuenta que esa mujer en el ambiente no era una tercera presencia, lo que sucedía era entre ellas dos, quien no estaba invitado a esa cita era él. Al darse cuenta dio un paso atrás, creyó verla sonreír, sacudió de manera breve su cabeza como regresando de ese trance, entonces pudo ver a la distancia a un grupo de personas mirando la escena, en la contra esquina pudo ver a tres más acercarse.

Minutos después en el lugar se encontraban cuatro patrullas, dos ambulancias y un par de veladoras colocadas sobre la banqueta. Un numeroso grupo de personas ya se encontraba ahí, reporteros para programas de televisión amarillistas entrevistaban a los elementos de seguridad pública y a personas excitadas al saber que aparecerían en televisión, aun cuando recién llegaban. Se sabía que la caída fue del piso 13, entre los vecinos corrían rumores de que al calor de las copas el novio la había aventado. Alguien cubrió el cuerpo con una sábana, para entonces ninguno de los tres estaba ahí. Al poco tiempo retiraron el cuerpo, poco a poco la gente se fue dispersando, dos horas después solo quedaban tres personas en el lugar. Para las 11 de la noche la calle se encontraba vacía de nuevo.

Esa madrugada, junto con las dos veladoras, una luz en la cuadra permaneció encendida.


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No fue sino hasta meses después de conocerla que me di cuenta del interés que tenía en ella. Tenía un aspecto ejecutivo pero algo no encajaba, parecía de antaño, lentes cuadrados, pantalón holgado, saco y chaleco por lo general oscuros, bajo el chaleco solía asomar una camisa blanca, se veía femenina a pesar de su gusto por la ropa.

Su voz era melodiosa e iba acorde a toda ella. Su mirada y sonrisa conservaban esa inocencia que hacía muchos años no encontraba en alguien. Se las arreglaba para conservar su frescura, aún tratando temas ríspidos ella nunca perdía la sonrisa. Sus manos reflejaban la delicadeza de todo su cuerpo, tenía dedos propios de una artista y se movían con tal gracia que me daba la impresión que tenía plena consciencia del movimiento de cada uno de ellos. Su figura distaba de ser exuberante y la ropa que usaba sólo sugería sus senos, yo iba un poco más lejos, los imaginaba y me gustaba lo que imaginaba.

No me cansaba de verla, en más de una junta pretendí escuchar con atención el tema central mientras de manera furtiva la miraba de vez en vez. En un cuaderno de notas dibujaba las distintas posiciones que adoptaban sus manos, con solo verlas sabía que era una dama. Quizá el saber esto fue lo que me llevó a profanarla.

Aquella noche me sentí avergonzado de quitarle la ropa, sentí que no era correcto, que no debía, aunque intentaba ignorarlo en el fondo sabía que efectivamente así era. Empecé por el saco y no pude detenerme, mientras desabotonaba su camisa la comí a besos, sus labios carnosos sabían mejor de lo que en meses anteriores solo podía imaginar. Me dio la impresión de que tenía las mismas dudas y miedos que yo, más tarde pude sentir en ella la misma desesperación y ansiedad que provocaba en mí.

No fue sino hasta que descubrí sus pechos que pude confirmar la palidez de su piel, me tomé el tiempo para admirarla y con paciencia alcanzar con el dedo índice cada lunar y cada marca que descubrí en ella. Dibujé las constelaciones sobre sus senos. No menos interesante fue descubrir sus pezones que reaccionaron a mi tacto. Ella miraba curiosa, se dejaba hacer.

Sus manos, que ya anticipaba delicadas, lo fueron aún más cuando tocaron mi pecho, hicieron una escala en mi cuello para luego alcanzar mi nuca, sus dedos jugaban y se enredaban en mi cabello. La tomé por la cintura y la levanté poniéndola sobre mi, su mirada tenía un brillo especial, ancló sus ojos a los míos y terminó de atraparme. Levantó un poco su cadera, deje de sentir sus nalgas un instante pero no podía dejar de mirar sus ojos, solo pude intuir la caída de sus senos al inclinarse para besarme. Llevó una de sus manos entre mis piernas mientras alternaba un poco sus movimientos para acomodarse. La calidez de sus labios sobre los míos y su humedad me tenían en un trance, se separó arrancándome un suspiro, casi de manera simultánea pude ver en su rostro ese gesto inequívoco, me llevó al cielo cuando la vi cerrar sus ojos y sus labios se entreabrieron para emitir un sonido que nunca escuché, pero pude sentir.

"Entonces les enviamos la propuesta". La atención de todos estaba sobre mí. "Sí, háganla llegar y la revisamos", respondí tranquilo y sin estar seguro de lo que hablaban.

Me sonrió con complicidad, pasé el resto de la junta distraído, pegando miradas furtivas de vez en vez, dibujando en un cuaderno de notas trazos que no pretendían sino hacerme recordar su delicada figura, aun cuando solo fuera la posición que adoptaban sus dedos.

Nos pusimos de pie para dar por terminada la junta y despedirlos, cuando llegó su turno conmigo no disimuló la sonrisa. "Si tienes alguna duda o necesitas algo me llamas" dijo a la vez que extendió su mano, lo hizo con tal delicadeza que apenas la sostuve y no me atreví a apretar. Al estrechar su mano confirmé lo que ya de antemano sabía. Tenía porte y prudencia. Lo que desconcía era esa llama que antes solo podía imaginar.

Independiente a los proyectos en curso agendaríamos otras reuniones, esta vez sin goce de sueldo.


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